Por: Ignacio Zuleta

Los monstruosos hijitos del estrés

NO SE NECESITA SER SIQUIATRA PAra diagnosticar entre los bogotanos un Trastorno de Ansiedad Generalizada.

Observe, por ejemplo, cómo saca un pasajero el dinero para el bus, con manos temblorosas y cara de angustia, o cómo el de atrás pita desesperadamente  cuando el semáforo está apenas a punto de cambiar, o los tics de los inquietos pies y de las manos del que hace la cola en Transmilenio, o el evidente déficit de atención de la chica que despacha en la cafetería, que ni oye ni entiende su pedido.

El estrés, y sus hijos: ansiedad, irritabilidad, falta de concentración, sudoración, etc., son los monstruos modernos que nos enferman y devoran. Pero esos monstruos se alimentan o mueren de inanición dependiendo de cómo enfrentemos interiormente su presencia. Es más fácil echarle la culpa a las circunstancias, que mirar para adentro y trabajar desde la conciencia, porque, de todos modos, siempre habrá eventos externos suficientes para crearnos ansiedad, si nos dejamos.

Los tratados nos dicen que para la ansiedad “no se conoce la causa exacta”. Y sin embargo los yoguis y los sabios se reirían de dicha afirmación, pues por milenios han buscado las causas del estrés inmemorial y sus remedios. Dado que su objetivo es llegar a manejar la mente, estar en paz y meditar para alcanzar altos estados de conciencia, han estudiado con detenimiento los factores.

Aunque cada individuo tiene sus propios estresores y sus propias respuestas psicológicas, fisiológicas y emocionales al estrés, algunas de las causas principales y comunes son: uno, desconexión  de las realidades trascendentes, es decir, identificarse más con el universo material y transitorio que con la esencia espiritual. Dos, el estilo de vida, es decir el acelere, la comida de prisa y llena de toxinas, los estimulantes, la presión del tiempo. Tres, la actitud ante el trabajo, pues cuanto más ego y más expectativa invirtamos en la acción y sus resultados, más frustración y, en consecuencia, más estrés. Cuatro, no sabemos respirar.

El yoga tiene herramientas valiosísimas para manejar el estrés y quizás en próximas columnas podamos explicarlas y ahondar en ellas, pero la más sencilla y práctica es la respiración. Nunca nos enseñaron a respirar. Como la respiración torácica y rápida envía señales de alerta al cerebro, aunque no haya peligro en el entorno, la ansiedad se incrementa. Pero si  decidimos concientemente utilizar el diafragma y la respiración abdominal, de inmediato la señal cambia  y se vuelve “todo bien”, y la ansiedad desaparece como por encanto. Trate de observar cómo respira cada vez que se acuerde y a soltar todo el aire del pulmón. Juegue a “estatua” de cuando en vez, observe si la respiración es corta y acezante, o completa y rítmica, exhale a conciencia y totalmente un par de veces y con la exhalación suelte toda ansiedad, toda tensión, toda negatividad. Ese antiguo consejo de “respire profundo” funciona de verdad. Pero para poder inhalar el aire fresco hay que arrojar íntegramente el aire ya viciado. Ensaye. Le cambiará la vida para siempre, y la de sus congéneres cercanos.

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