Comunidad de Bojayá le da el último adiós a las víctimas de la masacre de 2002

hace 1 hora
Por: Piedad Bonnett

Los niños

Debido al aprecio que la sociedad moderna siente por los niños, y a que ha creado leyes para protegerlos y cuidarlos, tendemos a olvidar que eso no siempre fue así.

Hasta el siglo XVIII los niños fueron vistos como adultos en miniatura, que no merecían trato especial, y que convivían en los mismos espacios que los mayores, ayudándoles en sus tareas, sin juguetes, ropa apropiada, ni mimos de ninguna clase. La mortalidad infantil era altísima y las condiciones de higiene en que se criaban, precarias. Esa actitud comenzó a cambiar a partir de propuestas como las de Rousseau, que se encargó de subrayar la diferente manera que ellos tienen de percibir y sentir. El niño empezó a verse, entonces, como una promesa de futuro, alguien a quien se podía formar, entre el esmero y la exigencia, para hacer de él un “hombre de bien” y un ciudadano excelente. No obstante, era considerado todavía un ser pasivo, subordinado y sin derechos. La severidad fue muchas veces el arma de los adultos, que recurrieron —y en muchas partes siguen recurriendo— al castigo como una forma de moldear su espíritu. Esa nueva concepción de la infancia no salvó a los hijos de los más pobres, sin embargo, del trabajo en el campo o en las fábricas en los comienzos de la industrialización.

Hoy en día los niños son considerados sujetos de derechos, y su voz es escuchada y respetada. Y aunque es difícil definir cómo, es claro que ellos han cambiado a instancias de esta nueva concepción de la infancia. A mi modo de ver, hoy los niños han vuelto a ser adultos, pero no porque los veamos así, sino porque están tan expuestos a los estímulos externos que son cada vez más precoces. Su vocabulario es amplísimo, su manejo de lo tecnológico es asombroso, pero, sobre todo, la información a la que pueden acceder es grande y su capacidad de opinar, enorme. Hablo, por supuesto, del niño promedio, y no del que es víctima de las desigualdades del capitalismo implacable.

Greta Thunberg —con sus 16 años y su síndrome de Asperger, que no podemos ignorar— representa a innumerables niños de hoy que son sensibles al cambio climático, a la muerte de animales a manos de cazadores insensibles, a las islas de plástico que nadan en el océano y a tantas injusticias y calamidades de las que ya saben. Su temple y su decisión en relación con un tema crucial la convirtieron pronto en un símbolo, como antes le sucedió a Malala, que con su valentía puso en riesgo su vida. El empecinamiento de Greta produce admiración pero también despierta nuestro miedo, porque ha puesto sobre sus hombros una causa inmensa —y justa— con una fe que puede terminar estrellándose con el mundo cruel y cínico de muchos adultos. De aquellos que piensan que la manipulan —pues es verdad que la publicidad y los políticos suelen manipular a los niños— y de aquellos adultos sin conciencia que se burlan de ella. ¿Saldrá herida Greta de esta batalla? Lo único que hasta ahora sé es que los que se están poniendo en evidencia son Trump y todos los que la ridiculizan, la señora Cabal, ella sí patética, y el miserable periodista que aludió a sus “enfermedades mentales”. Infames.

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2019-09-29T00:00:58-05:00

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2019-09-29T00:15:01-05:00

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