Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Los niños del día después

“ANTONIO, ERNESTO, ALICIA, GAbriel, Camila…”, cuando las familias tenían 12 o más hijos, que se transformaban en 50 y tantos nietos, a las abuelas se les dificultaba aprenderse tantos nombres.

"En el viento de las montañas de Antioquia la Grande, viajaba el eco inconfundible de un llamado al orden general: “¡Ve, vos, muchachito!”. Entonces Antonio, Ernesto, Alicia, Gabriel, Camila y los demás, sabían que la cosa era con ellos. Marchaban al paso de la matrona de la casa, reconocían un orden establecido y común, originado en la autoridad pero sobre todo en la seguridad que para un niño significa saberse protegido.

Los niños colombianos son una inmensa masa amorfa que nos despierta solidaridad, aunque poco sabemos de ellos. Durante esta semana coyuntural, de anuncios mediáticos de las Farc, cifras escalofriantes y noticias aterradoras, clamamos con vehemencia para que no se recluten más menores en la guerra… Pero ¿y los que saldrán de ella? ¿Qué pasará con esos “muchachitos” cuya forma básica de relacionarse con el mundo es abriendo monte con un fusil al hombro?

Si bien nos preceden reintegraciones paulatinas de niños, ¿dónde están las políticas diferenciales que serían aplicadas para ellos el día después de la firma los acuerdos de La Habana?

La presión es evidente: los avances acelerados en el proceso de paz obligan a las instituciones (Agencia Colombiana para la Reintegración, ICBF, entre otras) y a la sociedad (¡nosotros!) a considerar cómo acogeremos a esos niños. Para empezar, se trata de un trabajo pedagógico inaplazable entre las comunidades.

De cara al posconflicto, los discursos de la indignación y la reiteración de los derechos de los niños son insuficientes: deben transformarse en acciones públicas específicas. Reincorporación de los menores a la sociedad desde su núcleo básico: la familia; retorno al sistema educativo; adaptación a la convivencia en entornos no violentos; abandono de la vida nómada; revisión y reflexión sobre las razones que los tenían en las filas de la guerra (no todo reclutamiento es forzoso). Cupos escolares, vías de acceso a las escuelas, material didáctico, preparación de los adolescentes para incorporarse en un futuro al sistema productivo; revisión de vacunas, prevención de enfermedades, educación sexual. Algunos de estos menores han sido sometidos a delitos como acceso carnal violento, acto sexual abusivo, esclavitud sexual, prostitución forzada, aborto sin consentimiento, anticoncepción forzada y tratos crueles e inhumanos. ¿Cómo vamos a acompañar y recuperar a quienes han sido víctimas de esos crímenes?

Los menores del posconflicto son una preocupación mayor. Las bandas criminales están alerta frente a esa salida masiva de niños para recibirlos e incorporarlos a sus huestes.

La estructuración del regreso de los niños reclutas, víctimas de la guerra, debería corresponder a los territorios. Cada cual con los suyos. Como las abuelas de antaño, a los gobiernos departamentales les ha llegado el momento de acoger a todos sus “muchachitos”, ponerlos a marchar al ritmo de la casa. Esto es: crear entornos protectores, con todo lo que ello entraña.

 

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