Por: Catalina Uribe Rincón

Los niños, la vergüenza y el odio

Joanna Schroeder, escritora y crítica de medios estadounidense, narró en Twitter el día en que se dio cuenta de que sus hijos pudieron haber sido reclutados por extremistas blancos. Su historia comienza hace un año cuando sus hijos, de la nada, le preguntaron en tono jocoso: “¿Por qué los negros se pueden apropiar de la cultura blanca, pero los blancos no de la de ellos?”. A pesar de la aparente ingenuidad en el comentario, Schroeder sospechó que algo no estaba en orden. Ese comentario no lo podían haber escuchado de su familia ni de sus profesores.

Schroeder, preocupada, decidió indagar un poco sobre las prácticas online de sus hijos. Sin dificultad, encontró un sinfín de redes sociales y videoblogs cuyo objetivo explícito era convertir a adolescentes blancos en hombres de extrema derecha. Lo abierto del propósito contrasta con lo sutil de las prácticas. El sistema de mensajes busca “desilusionar a los niños blancos de cualquier tipo de idea liberal y progresista” desatando un proceso emocional del que sin saberlo hacen parte varios miembros de la sociedad, incluidos padres, madres y colegios.

El primer paso, cuenta Schroeder, es inundarles a los adolescentes sus redes sociales con memes que incorporan chistes muy sutilmente racistas, sexistas, homofóbicos y antisemitas. Como son muy jóvenes, muchas veces no captan los matices del lenguaje y comparten los mensajes. En seguida, aparecen profesores, padres e incluso otros compañeros de colegio que les reprochan lo inapropiado del chiste. Los niños, como es de esperarse, sienten vergüenza de haber compartido el comentario. Sin embargo, paradójicamente, esta vergüenza no se traduce en aprendizaje sino en resentimiento.

Así, la segunda ola de intervenciones en las redes sociales contiene mensajes del estilo “la gente hoy es demasiado sensible” o “ya no se puede decir nada”. Los niños al leer esto se sienten identificados y cambian su vergüenza por una narrativa de indignación: “Nos están regañando por bobadas”. Su indignación y rabia se generalizan y se vuelcan hacia las mujeres, los gais, judíos o cualquier otra minoría. El problema no fueron ellos y sus comentarios, el problema, como siempre, son los otros.

En Colombia el lío no es de supremacía blanca, pero sí de racismo, sexismo y homofobia. Y lo que es ya un ciclo identificado para los niños, puede también estar siéndolo con los mayores. Hay miles de adultos que no por adultos ni por educados son incapaces de diferenciar el comentario discriminatorio del que no lo es. O si lo notan, salen con el tradicional: “No es para tanto”. Pero esa minimización de la transgresión puede ser, como en el caso de los menores, una reticencia a asumir responsabilidad, una simple falta de madurez y entereza moral.

Los políticos del mundo son felices capitalizando la idea de “proteger a los niños”. No estaría mal puntualizar qué es exactamente eso de lo que se les tiene que proteger, pues a veces hay que protegerlos de sí mismos. La idea no es blindarlos de la justa crítica, pero sí ayudarlos a procesarla. Nada ayuda tanto a este propósito como una educación crítica, seria y sopesada. Una vergüenza puntual no puede convertirse en una reacción de odio.

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2019-08-23T15:26:32-05:00

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2019-08-23T17:11:57-05:00

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