Los nuevos reyes

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La tronera del clientelismo que se hace llamar pretenciosamente “casa Char”, como un linaje de nobleza y leyenda, dirige ahora el Congreso y el control político. Es el tiempo de pagar las cuotas atrasadas por un botín pactado entre caciques de un pantanero todavía productivo. El lobby hizo su trabajo inexorable y Arturo Char, un hombre light de las altas esferas del norte, cantante y querido entre pasillos del jet set y los suburbios del estercolero electoral de la Costa, es ahora el nuevo presidente del Senado. El cargo era un favor comprensible, aunque demorado, por los viejos impulsos del clan en el ascenso de Iván Duque, también conocido solo entre pasillos y suburbios selectos. Ahora tienen el poder equilibrado y prometido desde las grandes y pomposas reuniones en que se acuerdan los futuros de los tronos. Tienen el descanso y la seguridad de verse custodiados si las cosas de repente salen mal por otro cantador anómalo que les dañe la fiesta. El caso Merlano los hizo palidecer un poco por sus declaraciones permanentes en tribunales sin control, pero el poder interno entre gamonales y patriarcas de las tierras cooptadas por el clientelismo les aseguraría el cargo prometido, aunque la experiencia del nuevo rey no haya sido precisamente ejemplar en sus gestiones: 149 ausencias durante cuatro años y muchas incapacidades extrañas, ningún proyecto bajo su nombre y pocas intervenciones de interés general o lejanas a las ganancias propias. Los Char escalaron sobre el poder nacional cuando sintieron que la Costa de sus imperios y sus orgullos parecía demasiado provincial para sus sueños. Con un aliado que parecía exacto para sus fines, Germán Vargas Lleras, construyeron los lazos suficientes para alcanzar las espirales del centralismo y acceder a los arcanos recelosos de lugareños que podían influir con nuevos fondos y otras finanzas imponentes. En poco tiempo lo hicieron, y aprendiendo los secretos de su padre, Fuad Char, el patriarca resignado a la invisibilidad porque los tiempos no dieron, emprendieron otro norte con alianzas y pactos que los llevarían al centro neurálgico del mando. Ahora controlarán la agenda política, los plazos de los proyectos que les competen y las demoras de los que les afectan. Podrán regular los incendios que se agigantan en las cocinas del Palacio de Nariño y, según los resultados, tendrán el legítimo derecho de una nueva cuota en el amplio espectro del gabinete ministerial, siempre a la orden y a la venta de los jugadores.

Bajo toda la niebla y el ruido, entre todos los misterios, el más astuto de la nueva monarquía, Álex Char, continúa caminando directo a la candidatura presidencial que podrán financiar con todos los músculos y todas las ferias. Tendrán para ese tiempo los acuerdos y los deudores necesarios que aseguran la gloria, podrán usar a su favor la destrucción definitiva del uribismo entre los restos de su propia indignidad y un panorama armónico de viejas enemistades conocidas que podrán aplacar con una táctica campaña de rostros renovados. Lo aprendieron a gerenciar muy bien entre los años épicos del absolutismo en el Atlántico, y lo harán ahora que tienen el Legislativo a sus pies.

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