Por: Juan David Ochoa

Los nuevos rumbos

Lo sospechaba el presidente, lo sabe ahora. Y que nunca ignore en su segundo cuatrienio que la gran proporción del festejo después de la tarde del 15 de junio no era consecuencia de su reelección, sino del hundimiento y la derrota del vándalo que intentaba ascender una vez más para rehacer su proyecto de furia y muerte. Si los sectores de la oposición al Santismo nos unimos en bloque en su favor, no fue por convicción repentina en su proyecto ya anticipadamente sospechoso en ese híbrido de centralismo, neoliberalismo y progresismo forzado, sino por físico miedo al retorno de los sátrapas que venían por el último poder que en su alargada dictadura no pudieron doblegar del todo: la Justicia.

Esa bandola sorda de pistoleros ha caído, y el proceso de paz, principal comodín del presidente neoliberal del progresismo, tiene ahora vía libre para concretar los dos puntos restantes. Nadie sabe a ciencia cierta, en qué medidas y con qué criterios de coherencia, la agenda presidencial podrá ejercerse con las hipotecas del poder repartidas entre la ya compleja unidad nacional y los nuevos gremios de la coalición. Nadie entiende seriamente como puedo lograrse, como mediar o dirigir la ya difícil historia del país más desigual de América Latina desde el poder vigilado y compartido con el sector empresarial y las inmensas deudas con la izquierda, pero allí está, acorazado y seguro en el bunker del periodo siguiente, dispuesto a convencer a los escépticos de una osadía por fortuna proyectada.

Los torpedos principales estarán en el congreso. Del ochenta por ciento de la alianza al Santismo, queda el cincuenta forjándose desde ya con el bloque nostálgico de la venganza, liderado por los esquizoides José Obdulio y Alfredo Rangel, y por la eterna monotemática Paloma Valencia. Quienes tendrán ahora el vitalismo recargado del resentimiento para seguir difundiendo ese monólogo sucio y peligroso que repitieron siempre en la campaña del títere olvidado: la falsa idea de la impunidad en proceso en curso.

Contra ese escándalo de vandalismo, hay que repetirlo, una vez más: No hay impunidad en la justicia transicional, ese es el costo único y obligatorio que tienen que atravesar los países destrozados por la guerra. Y no hay procesos de paz sin concesiones, porque los dos bloques en diálogo son responsables de la mortandad. No hay un bando superior y otro abatido. No es un proceso de narcisos imbatibles. La historia los trajo a los dos a los consensos, a las herencias y a la aceptación de los crímenes mutuos, y por este único modelo de justicia excepcional tendrán que pasar para que el tiempo reinicie, y el referéndum al final concretará si este país quiere volver por el ruido de las motosierras y el estruendo de las pipas de gas, o por las trochas inhóspitas del nuevo mundo.

 


@juandavidochoa1
 

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