Por: Lorenzo Madrigal

A los ocho meses, rechifla

Madrugaron las rechiflas (chiflatinas, según Juan Lozano) para el presidente Santos, a los escasos ocho meses de su segundo gobierno.

Han sido termómetro de aceptabilidad de los gobiernos, asociadas en otra época, qué le vamos a hacer, con la plaza de toros. La silbatina que le propinaron a María Eugenia Rojas, la Nena, en plena dictadura de su padre, fue memorable por las consecuencias de retaliación que tuvo el domingo siguiente. Las fuerzas del SIC (Servicio de Inteligencia) volearon ciudadanos inermes que ni los astados lo hacen con toreros y rejoneadores, los que también padecen, dicho sea de paso, las orgías de la fiesta de sangre y sol.

Un día, un amigo y compadre me ofreció un pase de contrabarrera que le sobraba y me animó a asistir a las torerías que no veía desde niño (quizás en única ocasión, porque recuerdo a Conchita Cintrón). No es espectáculo que me dicte, las desventajas del toro cercado y su lucha estéril no van con mis apetencias, pero tampoco soy del debate, a veces inconsecuente, pues no gozamos con su muerte, pero comemos del muerto.

El cuento va a que observé esa “tarde de toros” a reconocidos empresarios mientras esperaban ansiosos entrar a las tribunas entre la comitiva del presidente Gaviria, el de entonces. Cuando encontré mi número de asiento y tras haber tropezado cabeza con cabeza con un ejemplar de la familia Santos, estuve pendiente de la entrada del presidente de los colombianos, entre himnos triunfales.

Entró Gaviria por la parte alta de la plaza con su séquito de libre empresa y aconteció lo inesperado: se armó la rechifla, que cobijó a mandatario y empresarios. Como me hallaba solo entre muchos, reí para mis adentros. Desde ese momento no miré tanto a la arena cuanto a la tribuna, donde el espectáculo me parecía divertido.

Se acercaba el final del gobierno del presidente Gaviria, no como ahora en que afloran los abucheos cuando está aún joven el segundo mandato. La furia del presidente Santos se refleja en la rigidez de sus facciones y en el labio contraído como buzón sellado; a todas estas, el cabello del ministro Pinzón ya no peina, está de punta desde hace varios días, al tiempo que el calveado general Asprilla amedrenta a sus súbditos, bajo su peor mirada. Haciendo las veces de guardaespaldas de su presidente, el ministro ha debido recordarle a la tropa insurreccionada con silbos y gritos que ese pequeño señor de impecable flux y de ira contenida es el comandante general de las fuerzas militares.

Lo que empieza a sentirse y ojalá esté equivocado es un asomo de represión y un acoso al público para que acepte los acuerdos de paz sin una mayor deliberación, según estaba prometido. Se ven amenazadas casas fiscales, ascensos, contratos del tipo mermelada, que garantizan la adhesión sin contemplaciones al régimen.

 

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