Por: Ignacio Zuleta

Los ocupantes indignados

Uno de los ocupantes de Wall Street, en el corazón de la Gran Manzana, comenta que la protesta que allí se lleva a cabo “señala lo disfuncional que es nuestro sistema económico”, y añade: “debemos remodelarlo para las necesidades humanas y no para las ambiciones de las corporaciones”. Y tiene razón. Como se volvió obligatorio alabar el capitalismo, que está blindado por un tabú, las críticas a este sistema se señalan de herejía, terrorismo y deslealtad, cuando menos.

El capitalismo, tal como va, se ha convertido en un desastre social, ineficaz para distribuir la riqueza; se ha especializado en fomentar la desigualdad y prohijar un “totalitarismo invertido” que llega hasta el alma de los ciudadanos de las llamadas democracias que lo sostienen. La realidad no está tan lejana del eslogan extremo que proclaman los ocupantes de Wall Street: “el 1% de la gente posee el 99% del dinero”. Y por eso hay indignados de todo el mundo que salen a la calle y ponen en evidencia que la Bolsa, las corporaciones, los bancos, las aseguradoras y las hipotecas han roto por las vértebras el “sueño americano”.

Estas protestas fueron al principio cubiertas por los medios —que son a su vez dependientes de las corporaciones— de una manera lateral y desdeñosa. El 6 de octubre dice el New York Times: “Occupy Wall Street es un difuso grupo de activistas que dicen estar contra la codicia corporativa, la desigualdad social y otras disparidades entre ricos y pobres”. Pero cuando los ciudadanos del común comienzan a salir y la ola va más allá de Nueva York y se esparce poco a poco, hay señales de alerta. La policía comienza sus usuales arrestos y violencias, la prensa se ve obligada a cubrir las proclamas de la gente, el “sistema nervioso” engatilla sus armas y se prepara para la defensa de la seguridad nacional del Estado, como si los miles de hombres y mujeres que salen a decir que ya están hartos de tanta inequidad no fueran, precisamente, los verdaderos y mayoritarios integrantes de ese Estado.

Comenta otro activista, el poeta Phil Rockstroh: “Estos aquí reunidos responden al ansia humana de vivir sin cadenas. Por eso intentan alejarse navegando en dirección opuesta de las áridas zonas del aislamiento y la alienación que produce el totalitarismo invertido de un estado corporativo/consumista/de seguridad nacional”.

Porque los poderes que creen manejar el mundo a su arbitrio se meten en la siquis, suya y mía, y nos convencen de que vender el alma con tal de estar cómodos es magnífico, y nos enseñan que la conformidad y la resignación nos hacen ciudadanos ejemplares. El problema es que ya hay muchos que desde hace tiempo no se tragan ese cuento, por ejemplo los ocupantes indignados.

Y si los colombiano nos preguntáramos si nos conciernen las protestas gringas, la respuesta la da el mismo poeta: “Sí, hay que ocuparlo todo, empezando por tu propio corazón. De otra manera serás reducido por las fuerzas de la iglesia, el Estado, la corporación, el matón de tu cuadra y el amigo de agresiva pasividad que está dizque a tus órdenes”.

 

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