Por: Tomas Eloy Martínez

Los ojos de la mosca

CUATRO DÉCADAS ATRÁS, EN SU REtiro de Puerta de Hierro, Juan Perón corrigió el refrán que solía repetir cuando era presidente, “la única verdad es la realidad”, con una fábula que le había oído contar a su abuela Dominga.

“Observa los ojos de la mosca”, dijo la abuela. “Son enormes. Ocupan casi toda la cabeza. Tienen 4.000 facetas. ¿Qué ve la mosca, Juan? ¿Ve 4.000 verdades o una verdad partida en 4.000 pedazos?”. Cristina Fernández de Kirchner respondió, con un énfasis que aleja cualquier tentación de réplica, que las verdades pueden ser 4.000, pero que sólo una vale: la que ella ve.

Ante los resultados adversos de las elecciones legislativas del 28 de junio, la presidenta argentina reaccionó con una defensa cerrada de su porción de realidad, como si incluyera todas las otras. No es fácil prestar atención a los que disienten, pero las voces que trataron de hacerse oír en esas elecciones fueron lo bastante claras como para entender mal el significado de los números electorales.

La conferencia de prensa de CFK, el lunes 29, dejó una sensación de profundo desaliento. La jefa del Estado argentino parecía desorientada. Hablaba desde un atril, debajo de una leyenda que señalaba una dirección: “Camino al Bicentenario 1810-2010”.

En su discurso, sin embargo, no hubo ni una sola alusión al rumbo que tomará su país en el porvenir inmediato. No se mostró conmovida por el movimiento sísmico de un electorado que la votó con entusiasmo hace dos años y que después de su conflicto sin tregua con los productores agropecuarios se volvió contra ella. El lenguaje que la Presidenta empleó fue el mismo de siempre; también lo fueron su dificultad para admitir errores, tropiezos o cambios de humor en la ciudadanía.

Si bien el día anterior sólo se habían elegido legisladores, la proyección nacional que (su esposo y ex presidente) Néstor Kirchner adjudicaba a los resultados permitía suponer que, ante el claro pronunciamiento en favor de un cambio, el discurso presidencial ofrecería mayor sustancia y contenido.

Nada se movió, sin embargo: la mosca sólo pudo ver la misma persistente realidad de mármol. En el aire del Bicentenario, casi todo quedó sin explicar. ¿De qué se habla cuando habla, por ejemplo, de conjurar la pobreza? La Presidenta respondió a los desafíos como podría hacerlo una política aferrada a su banca de combate, no como una estadista. Abundó en cifras y justificaciones y se olvidó del futuro.

En contraste, el opositor Pino Solanas, cuya excelente elección en la ciudad de Buenos Aires nadie esperaba, planteó un modelo de país. Se puede estar o no de acuerdo con él, pero al menos su discurso estuvo lleno de ideas. Habló desde un escenario que evocaba imágenes de los 60 tardíos, cuando Perón alimentaba desde Madrid las ilusiones de un peregrino “transvasamiento generacional” mientras Solanas lo filmaba. La atmósfera parecía cargada de rancia melancolía, pero Solanas la colmó enseguida de planes para el futuro, en un involuntario intercambio de papeles con la Presidenta.

Las respuestas que la Presidenta brindó sobre la gripe AH1N1 contuvieron el único acierto de la tarde, al considerarla pandemia, algo que la Organización Mundial para la Salud (OMS) dejó establecido hace rato, sobre todo cuando el 11 de junio subió la alerta al máximo.

Si bien la enfermedad tiene una tasa de mortalidad baja, lo poco que se sabe sobre su capacidad para expandirse es alarmante: el virus que la provoca es altamente contagioso, de efecto no sólo primario —la transmisión de persona enferma a persona sana—, sino también secundario, de persona sana portadora a otra persona sana, y así se puede dispersar indefinidamente.

Hasta la mañana de las elecciones, los muertos argentinos por la gripe AH1N1 eran 28, cifra que a ningún medio extranjero le parecía verosímil. Día tras día se fueron sumando las regiones en emergencia sanitaria. De pronto, el martes 30 se habló de 29 muertos sólo en la provincia de Buenos Aires. Entre los inmunólogos se menciona una cifra cercana al centenar y los infectados suman decenas de miles.

Según la OMS, Argentina es el tercer país en mortandad por la pandemia, detrás de México, donde se originó la mutación del virus, y de los Estados Unidos.

Uno de los médicos a los que consulté dijo que los ciudadanos reciben una información tan insuficiente que hasta su propia hija no entendió que le prohibiera ir a un recital de rock. ¿Por qué hacerlo, si para el Gobierno nada pasaba? Sólo cuando se anunció el cierre de escuelas, después de las elecciones, la adolescente aceptó que su padre no exageraba.

La gente del equipo que coordina este médico trabaja con guantes, guardapolvos, barbijos y anteojos descartables, y aun así muchos temen contagiarse en su ámbito de trabajo tanto como en los viajes en metro hasta la clínica. Las aglomeraciones en los trenes, los cines, el metro y los autobuses son focos de difusión del virus, como lo fueron los festejos después de los comicios.

Las internaciones por una escalada de la gripe impedirían drásticamente la atención de otras emergencias y los requerimientos de terapia intensiva desbordarían los hospitales y centros de salud. Una pandemia es, aun en los países desarrollados, una situación potencialmente caótica.

Las elecciones del 28 de junio indicaron que los argentinos exigen, con urgencia y angustia, un país que crezca y distribuya mejor la riqueza común pero sin operaciones que lo manipulen ni funcionarios que se nieguen al diálogo con quienes piensan distinto.

Pero la Argentina de los últimos años ha ido acostumbrándose a la perniciosa distancia que hay entre las promesas que destellan mientras dura la euforia de los triunfos y los hechos que, como los espejismos del desierto, siempre se alejan más y más.

*Novelista y periodista argentino.

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