Por: Augusto Trujillo Muñoz

Los Pactos de la Moncloa

En amplia entrevista concedida por el presidente electo al periódico El Tiempo (24/6/18), sostuvo que el país necesita “un acuerdo de gran impacto social” capaz de darnos “la base de lo que, en su momento, fueron en España los Pactos de la Moncloa”. A renglón seguido agregó que su versión de los Pactos de la Moncloa supone eliminar gastos innecesarios, reformar la administración pública y enfrentar la evasión, de manera que, con esas tres combinaciones se puedan bajar tarifas tributarias para que haya una inversión mayor “que se traduzca en mejores ingresos para los trabajadores”.

El presidente no ha vuelto a mencionar el tema, ni he visto sobre él comentario alguno, a pesar de la importancia contenida en su simple enunciado. Los Pactos de la Moncloa significaron todo un contrato social que cambió, por completo, la historia de España hace 40 años. Un primer pacto tuvo que ver con el saneamiento y las reformas económicas. El segundo, con las reformas políticas. A todo parecer Duque se refirió al primero y, aunque guardó silencio sobre el segundo, habló de los acuerdos en plural.

En aquellos pactos se comprometieron, a base de diálogo creador y de voluntad política, partidos y movimientos que habían sido enemigos por décadas: Un gobierno de estirpe franquista, la Iglesia Católica, el partido comunista, el Opus Dei, las Comisiones Obreras, los gremios patronales, los sectores académicos. Las heridas producidas por la guerra civil, hacía 40 años, continuaban abiertas. La sociedad española estaba partida en dos y la radiografía de aquella España presentaba un cuadro clínico explosivo. “O acabamos con la crisis o la crisis acaba con nosotros” solían repetir los ciudadanos.

Colombia debe mirarse en el espejo español si quiere resolver su aguda problemática de hoy. Intenta salir, un poco a ciegas, de un conflicto armado de medio siglo, pero no viene de una guerra civil. Es un país plural que, en 1991, suscribió una Constitución para la convivencia. Pero ha caído en una crisis institucional y política que solo se supera consensuando sobre temas de Estado. En España respaldaron la idea figuras tan disímiles como Adolfo Suárez y Felipe González, Santiago Carrillo y Manuel Fraga, Leopoldo Calvo Sotelo y Enrique Tierno Galván. Habían sido como el agua y el aceite.

El presidente electo está en condiciones de abrir una nueva conversación entre los colombianos. Pero no solo entre quienes votaron por él o están, más o menos, cercanos a lo que él representa. También con sus adversarios y, en general, con los sectores que interpelan al establecimiento. Ese debe ser el sentido de su referencia a los Pactos de la Moncloa, que se firmaron entre enemigos, herederos de una guerra cruel cuyos vencedores ejercieron la tiranía desde el poder y el abuso desde el derecho.

Pero Adolfo Suárez tuvo la inteligencia visionaria y el talento político para abrir una conversación entre todos, y romper el prolongado monólogo del establecimiento consigo mismo. Suárez convenció a España de que la política es el sustituto de la guerra. ¿Podría ser Iván Duque el Adolfo Suárez de una transición que siente las bases para que Colombia supere los factores de crisis que la agobian? Es algo que resulta clave, prioritario, urgente. Esta subcultura de la violencia y este imperio de los antivalores desemboca, fatalmente, en un colapso a corto o a mediano plazo. Semejante compromiso no puede dejarse al garete. Así es imposible formar una nueva generación.

*Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

 

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