Por: Cristo García Tapia

Los parques

Los parques son un poco la efímera inmortalidad del habitante urbano.

De vidas que sucumben cada tarde bajo los pies de aquellos héroes de pesadumbre que van a los parques a rumiar su heroísmo cotidiano; su ración de luz entre penumbras y silencios.

Como los cementerios, tienen los parques la virtud de igualar a los mortales. De descubrirlos el uno al otro; de inventarlos en el lenguaje y las imágenes. De sacarlos del extrañamiento en que los sume la abundancia de sus miserias.

Igual que los pobres y despojados de todo, en los parques recalan los poderosos; fondean, como las goletas en las radas, su fastidiosa opulencia; las huellas de una soledad que los oprime y condena; que los abruma de lejanías sin partir de sí mismos.

Los parques soportan estoicos nuestras dolencias. Nos quieren, ingratos como somos, más allá de la pena o la alegría, a cambio solo de nuestras pesadumbres o necedades.

Nunca nos preguntan por la infelicidad. Por la pena que llevamos y descargamos sin piedad, arrogantes y altaneros, en su solidez granítica, como si fuéramos las únicas criaturas con el poder de insuflarles vida, movimiento.  

Cargados de historias, de nuestras matinales y vespertinas historias de habitante urbano, saben los parques lo que siente el corazón, lo que ven pasar los ojos, el dolor de los pasos cansados del habitante que copula con el tiempo bajo la profusa luz de sus árboles y enramadas de campanillas y mariposas.

Cada parque es un poco la efímera historia de cada uno de nosotros en la que desfila incesante la infinita soledad del hombre; foso en el que se sumerge y vuelve, lavado por un instante de sus culpas, el habitante urbano.

El mismo que afanosamente, sin tregua, sin reposo, dura siglos construyendo la ciudad, llevándola de un lado para otro, bautizándola y al instante derribándola sacrílegamente, sin piedad, en un abrir y cerrar de ojos, en un latir del corazón.

Desangrándola por las diarias laceraciones que el habitante urbano le provoca a los parques en sus anchas espaldas de granito, en los pedestales lustrosos de las estatuas, en los arboles que los circundan, en las pequeñas criaturas que los pueblan.

A los parques los tortura, les duele hasta su extinción, el ruido de las fanfarrias, el taconeo de los desfiles marciales, los bazares de caridad, el pregón electoral, el olor de frituras descompuestas, el sórdido sudor de las miserias.

Les duele las manos abundantes, largas y sucias, implorando la luz y los sonidos de la tarde, el silencio de la noche, la recóndita música de las catedrales sembradas a sus pies retoñando salmos y letanías para la improbable salvación del hombre.

Todo de nosotros saben los parques. De nuestro barro triste saben. De nuestra noche inaugural y nuestro origen tienen memoria y registro; del retrato de nuestros primeros pasos y del sonido de la primera palabra, sabe la entraña vegetal de los parques.

En su dintorno, ahí, resucita el habitante urbano de su muerte a gotas; de sus dolores universales. De los suplicios de su infierno y de su pena irredenta cuentan los parques los días, luz y penumbra, la perennidad del hombre.

De los suyos, de sus dolores mudos de tiempo y abandono, nadie lleva duelo por los parques. Ni llora por ellos su ausencia de ciudad, su honra mancillada, su dignidad ofrendada en el bazar ruidoso de charlatanes y saltimbanquis.

Todos nos olvidamos de los parques. Y en vez de salmos, les entonamos responsos.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

 

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