Por: Cristo García Tapia

Los partidos han dejado de existir

Y se consolida el fraccionamiento político y electoral de la nación en un archipiélago de islotes clientelistas; en cotos impenetrables de familias, clanes familiares y políticos, que han hecho de la política el negocio más rentable y la heredad que se transmite por generaciones.

En puestos callejeros de firmas al detal de un alto porcentaje de la opinión votante que, hasta hace un tercio de siglo aproximadamente, se tasaba en los bazares electorales y redes clientelares subsidiarias en los que ya devenía el bipartidismo excluyente al cual dio origen el Frente Nacional.

Cuanto deja claramente señalado el procedimiento de inscripción de candidaturas presidenciales mediadas por firmas por el cual han optado la mayoría de aspirantes a la Presidencia de la República, es que los partidos políticos, tanto los tradicionales como los que surgieron bajo los auspicios renovadores, de la Constitución de 1991, han dejado de existir.

Como organizaciones políticas de la sociedad con afinidades ideológicas, doctrinarias y filosóficas, nuestros partidos han sucumbido en las precariedades de liderazgos espurios; en el lodazal de la corrupción sin cuartel que han agenciado; en la concupiscencia de un poder que diluyó en el interés propio de sus agentes y mentores las fronteras doctrinarias y los visos ideológicos que alguna vez alcanzaron a marcar diferencias entre ellos.

O, por lo menos, le permitían al elector consensuar o disentir según fuesen los derroteros programáticos que aquellas colectividades le proponían y los intereses que defendían y por los cuales se generaban adhesiones que se traducían en respaldo en las jornadas eleccionarias.

Eso eran nuestros partidos: organizaciones políticas y programáticas  de una sociedad que aún no había sido arrastrada por el torbellino de la corrupción. Ni por el ejercicio de la política conforme el interés particular de  grupos y poderes constituidos para explotarla como un filón más de su interés particular y familiar, lo han ido imponiendo y afianzando a contrapelo de derribar, sin parar mientes, el mínimo vital de ética y transparencia en su ejercicio.

Que más de una decena de aspirantes a gobernar y administrar a Colombia a partir de 2018, cuya partida de bautismo y militancia partidista es reconocida como marca de origen en todos, hayan optado por el atajo de la recolección de firmas para fiar sus candidaturas presidenciales, es sintomático del ocaso de un sistema partidista que nutrió buena parte de la travesía democrática de una nación a la cual sus partidos no fueron capaces de alumbrarle el destino de grandeza que le prometieron y la historia le había augurado desde las albas de su autonomía.

Cesados los partidos políticos se debilita la democracia, pero al tiempo se fortalecen y asumen su vocería y representatividad los clanes familiares y políticos predominantes en el territorio, cooptando en su provecho omnímodo el derecho de ser elegido y arrogándoselo en beneficio de sus hijos, cónyuges, hermanos, cognados y agnados, a la vez que limitando hasta el avasallamiento la inclusión y la diversidad política por la que tanto se clama en pro de construir una nación incluyente y pluripartidista.

Entre tanto, más que listas cerradas y reforma política y electoral sin partidos, se impone una apertura a nuevos liderazgos, movimientos y partidos políticos, regionales y nacionales, capaces de derribar las hegemonías clientelistas predominantes, responsables de la disolución moral del país y de la corrupción que lo arrasa.

Poeta

@CristoGarciaTap

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