Por: Luis Carvajal Basto

Los Partidos, partidos

El hecho más notorio en las elecciones de ayer fue la fragmentación de los votos. El mensaje es que las actuales estructuras partidistas representan, cada vez menos, a las corrientes de opinión en las grandes ciudades, lo cual hace difícil augurar buenos gobiernos.

En general, los resultados de las elecciones no deben sorprender a nadie, pero es relevante es que en las cinco grandes ciudades, observadas en conjunto, ningún partido o movimiento, de manera autónoma, pudo obtener mayorías al menos en dos, lo cual nos lleva a la preocupante conclusión de que persiste y se profundiza el divorcio entre los partidos y las grandes mayorías urbanas que no encuentran un proyecto que las identifique y cohesione.

El caso de Bogotá, en donde contrariando falsas expectativas generadas más por el deseo que por los hechos políticos observables, el triunfo de Petro estaba cantado por la división de sus competidores (ver nuestra columna del 3 de octubre en http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-302909-petro-puede-ser-alcalde ) e ilustra bien lo que está ocurriendo con una opinión a la que son indiferentes los partidos: Petro era del Polo y salió elegido por el movimiento progresistas el cual no existía hasta hace bien poco, mientras su partido de origen prácticamente se esfumó, no ocurriendo lo mismo con la corriente de opinión que le eligió. De cierto modo, los partidos se han vuelto “desechables”, para muchos candidatos que les dejan el pecado y se quedan con el género.

Resulta clarísimo el “desprecio”, por parte de los partidos tradicionales, de las crecientes y decisivas mayorías urbanas para las que no tienen unas propuestas homogéneas, lo cual tampoco debería sorprender si se tiene en cuenta que sus cuadros directivos son, fundamentalmente hoy, políticos sin dimensión nacional que atienden, como es natural, los intereses de sus electores regionales: La clase política tradicional. Podemos estar seguros, por ejemplo, que el ex presidente López Michelsen jamás imaginó que su operación avispa se convertiría en el principio del fin de la vocación urbana del Liberalismo, por una vía que hasta ahora supera a las reformas políticas.

Estas elecciones regionales dejan otras enseñanzas importantes como que el Polo y los Verdes se fraccionaron y auto eliminaron, quedando preguntas del tipo ¿Sobrevivirá el Polo ahora que Petro es el “propietario” de la mayoría de sus votos y por lo tanto su jefe natural”, ¿Ejercerá Gina Parodi el liderazgo de los verdes no Uribistas?¿Le quedarán ganas, y votos, a Peñalosa para asumir el mando de los verdes Uribistas?, ¿ Dejará ese encargo en manos del ex alcalde Garzón?

Quedan también lecciones como que los votos del ex Presidente Uribe definitivamente no son endosables, por lo menos en los grandes centros urbanos que en sus dos elecciones presidenciales le dieron el triunfo, dejando la sensación de un inmenso desgaste al apostar por candidatos perdedores.

Lo ocurrido en Medellín merece un punto aparte: la campaña transcurrió en medio de irregularidades que ponen en evidencia la manera en que las mafias han convertido los presupuestos públicos en su objetivo. Las denuncias de la procuraduría y el Ministro del Interior son aterradoras.

Precisamente, el caso de Medellín pone sobre la mesa lo ocurrido en otras partes: aparte de la injerencia de los ilegales se ha puesto de moda la financiación de campañas a la manera de contratación prepago: te ayudamos a elegir y tú nos adjudicas contratos. En muchos gobiernos regionales la contratación está hipotecada. Ello es posible por la debilidad de los partidos y pone en riesgo la democracia local y la descentralización. Lo ocurrido con las regalías es apenas un campanazo de alerta sobre la manera como la dirigencia y el gobierno nacional deben continuar en la tarea de depurar los presupuestos regionales. “Hagamos coalición y repartimos” parece la táctica de moda. La estrategia puede llamarse transfuguismo o voltiarepismo.

Sin unos partidos fuertes será más difícil conseguir buenos gobiernos que ganar elecciones. Ese es el mensaje más preciso de nuestra jornada electoral.

 

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