Por: Julio César Londoño

Los pasos del escorpión

Cuando me preguntasn por qué escribo ensayos largos ahora, nunca sé qué decir y ensayo respuestas. Si el día es par, contesto la verdad, “porque sí… porque me gusta”. Si es normal (es decir, gris) hago mía la frase de G. K. Chesterton: “Mis enemigos saben que puedo escribir un libro a la menor provocación”. A veces creo que el fin del género es pensar con cierto orden. O con originalidad, como quería Jaime Alberto Vélez. Quizá escribo largo ahora porque no sé hacer aforismos, esos ensayos-haikú que encierran en una línea la introducción, el desarrollo y la conclusión de un asunto complejo, y les sobra espacio para añadir humor, música, ironía. 

Los aforistas son sujetos como François Jacob: “El brujo y el científico se parecen: ambos tratan de explicar fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles”. O Millôr Fernandes: “El inventor del alfabeto era analfabeto”.

El caso es que escribo sobre temas diversos, como la moda, ese “imperio efímero” que pasa y queda, como los ríos, cubriendo el cuerpo de la mujer solo para resaltar sus formas y hacerlo más inquietante. O sobre el brasier, ese sencillo juego de conos que necesitó una serie de civilizaciones, oficios, revoluciones, argucias y una geometría glamurosa de la que nunca supo nada Euclides.

Me hubiera gustado hacer un artículo sobre el cerebro, pero es difícil. Sigue siendo una caja negra. ¿No puede ese feo órgano entenderse a sí mismo? Para consolarme, escribí sobre los sentidos. Plagié a un mejicano y concluí que tenemos un solo sentido, el táctil, y un órgano, la piel, que tiene áreas líquidas para registrar la luz, y áreas secas para captar las vibraciones del aire, y semihúmedas como las mucosas nasales para presentir el olor de una tormenta inminente, y húmedas como la lengua y la caverna palatal para descubrir lo ácido, lo amargo, lo dulce, lo salado y hasta lo simple. El resto de la piel percibe las sensaciones táctiles propiamente dichas, las que nos informan sobre la tersura o la aspereza del mundo.

Como no sé escribir periodismo, inventé un ornitorrinco, “El affaire Mutis-Poniatowska”: crítica + crónica + ficción + chismes.

“Eran los tiempos del número” quiere entender cómo puede la matemática, con diez pinches cifras y un puñado de axiomas arbitrarios, moverse con elegantes maneras en la intrincada realidad.

“El día que la máquina nos devolvió la mi rada” es una meditación sobre el ajedrez y la inteligencia artificial, materias de las que no entiendo nada. Me pasa con ellas lo mismo que con el fuego. No entiendo nada pero no puedo apartar los ojos de la cosa.

Otros ensayos vuelven sobre literatura, las hormigas, las posibles filosofías del siglo XXI, la logística de la erección de la Torre de Babel, la fascinación de las pantallas, el pianísimo encanto del silencio, las armas modernas y el matoneo escolar.

Como nadie ignora, “Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre”. Los ensayistas de divulgación hacemos un trabajo no menos amable: procuramos el encuentro del genio con el hombre de la calle. Somos carteros que llevan mensajes complejos en lenguaje simple. Si me lo permite, le diré que no puedo imaginar un oficio más lindo, humilde y necesario.

Ah, olvidaba una respuesta a la pregunta inicial. Escribí ensayos largos esta vez porque también hay días soleados. Ingenuos. Somos felices, omnipotentes, el optimismo cunde como una fragancia balsámica, uno quiere especular a sus anchas y cree que puede enriquecer el debate, pensar tribalmente y contribuir para que la democracia deje de ser apenas una bonita palabra, el mundo se salve y la civilización prevalezca.

Tomado del prólogo de mi libro de ensayos “Los pasos del escorpión”, Eafit, 2017.

 

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