Los pecados de Carolina Cruz

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¿Cuál fue el verdadero crimen de Carolina Cruz la semana pasada cuando aconsejó usar libros viejos como portacuchillos para decorar la cocina?

No lo tengo muy claro, pero debió ser atroz porque el escarnio fue duro y multitudinario, así como el veredicto de que para ella los libros son unos meros objetos ornamentales y que seguramente no lee ni uno por año. “Pispa pero bruta”, quizá habría dicho mi amigo el ácido e inolvidable Fernando Toledo.

Otro amigo al que quiero con la entraña (así es, parcero) me llamó para preguntarme qué opinaba sobre “Carolina Puñales”, y habló un rato largo contra ella y con varios argumentos, algunos muy elaborados: “Ella representa al entretenimiento que en Colombia apuñaló a la cultura”; “el libro es un símbolo muy poderoso: en Alemania suspendieron Mi lucha pero no lo quemaron”; “los libros son sagrados”; y de colofón soltó un “es claro que está ahí por las tetas y demás”.

¿El pecado entonces puede haber sido el maltrato a unos libros? Le pregunté a mi amigo qué habría pasado si fuera Fernando Vallejo quien se mostrara usando libros de otros escritores como portacuchillos, y ahí la discusión se centró en la intencionalidad y en el simbolismo (en el hecho artístico), lo cual me dejó un poco perplejo y desarmado: hay gente que puede acuchillar libros, pero otros no, y el permiso para hacerlo depende de la autoridad y el peso intelectual, con lo cual lo malo no es el asunto fáctico de dañar un libro o instrumentalizarlo en otros fines sino la jerarquía de quien lo hace y la conciencia y el objetivo al hacerlo, y solo se valen fines artísticos o manifiestos con una causa.

Había pues un primer pecado en Carolina, pero debía haber más. Es universal eso de que los libros están sacralizados en nuestras sociedades, que los veneramos como un abstracto y hemos adoptado inconscientemente la verdad axiomática de que una mente culta debe deificarlos. Confieso que yo también los deifico y así lo vengo haciendo desde hace muchos años luego de escucharle a Carl Sagan, en el Cosmos ochentero, esta magnífica reflexión que ahora transcribo en un parafraseo: si pudiéramos enviar al espacio una nave errante con objetos representativos de la civilización humana, sin duda tendrían que incluirse varios libros. Y tal vez serían los objetos que más llamarían la atención de un ser extraterrestre al encontrarlos. Los libros son una formidable invención: son planos, relativamente maleables y al abrirlos se encuentran millones de extraños códigos que de inmediato lo conectan a uno con el pensamiento de alguien que quizás esté a miles de kilómetros, o que inclusive falleció hace cientos de años. El libro conecta dos conciencias en milésimas de segundo y saltando las fronteras del tiempo y el espacio.

Tengo un cuento publicado hace seis años que se titula “Todos los que no fuimos poetas” en el cual a un anciano solitario le diagnostican una enfermedad terminal y le recomiendan despedirse de los suyos. Como ya no tiene a nadie, decide encerrarse en su gran biblioteca y decirles adiós a sus únicos amigos supervivientes, los libros. Los baja de sus estantes, los abre y comienza a encontrar allí el itinerario de su vida, en los subrayados, en los resaltados, en las manchas de café o de otros líquidos, incluidos lagrimales, en las páginas corrugadas por la lluvia, en las amarilleadas por el tiempo, en las portadas rasgadas, en los refiles maltrechos, en los descuadernamientos, en las puntas dobladas, en las dedicatorias, en las firmas con fecha, pero también y sobre todo en las esquelas de amor, los pasabordos, los recibos de lavandería, las listas de compra, las facturas por pagar, los mensajes secretos, algún viejo billete ya descontinuado y un largo etcétera. Así se despide de sus libros pero también de sus recuerdos y de su vida.

Lo hermoso de un libro, como unidad, no como obra, y como ejercicio íntimo de apropiarlo en su esencia pero también como objeto, es todo lo que puede contar de uno mismo a través de las marcas de uso y de tiempo en sus páginas, pero también de las memorias que almacena, al servir de cofre o archivero de la cotidianidad más plana y prosaica.

Y esa relación es íntima e individual, y no le atañe a nadie más. El destino de los libros cuando salen de las manos de su autor es exponerse a la crítica o al aplauso, y en la mayoría de los casos al silencio. Al salir de las librerías les ocurre algo similar y habrá libros de buenas que tendrán una larga vida con casa asegurada para siempre, pero habrá miles que terminen sobre una manta en la calle o en las compraventas, a la espera de que alguien los adopte y les dé otra oportunidad. Y muchos otros morirán vírgenes sin que nadie les quite el celofán con que los empacaron en las editoriales. Otros terminarán bajo las patas de una mesa coja, o trancando puertas, o como soporte del televisor, y muchos, muchos, muchos, como mero telón de fondo para las fotos de algún famoso o un poderoso. Otros se volverán portacuchillos.

Cada quien decide qué papel tienen en su vida los libros. Y cada libro acepta con nobleza e inveterada abnegación el destino que le da su poseedor. Así ha sido desde las tabletas de arcilla hasta hoy. Siendo así, sigo sin tener claro cuál fue el pecado de Carolina y me asusta un poco esta brigada contra el maltrato del libro que se desató, y esta turba vociferante para que quemen a una modelo porque no lee libros sino que los instrumentaliza para otros menesteres, y esta liga para imponer lo políticamente correcto, el ciudadano letrado e ideal, así sea en apariencia.

Si Carolina lee libros o no, me tiene sin cuidado; ella se los pierde, o ya los leyó y quiere darles nuevo uso. Con mis libros puede hacerlo. Si los raya, les dobla las puntas, si por descuido los rasga o le sirven para sostener una TV, allá ella.

Si algo me gusta de la gente que tiene muchos libros en la cabeza, aunque no los cite a cada rato ni haga alarde, es que siento que le han dado la comprensión suficiente del mundo, la serenidad y amplitud mental y hasta el corazón para dejar que cada quien recorra su camino lo mejor que pueda, con libros o sin ellos.

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