Por: Lorenzo Madrigal

Los pecados del confesor

PEDERASTIA Y PEDOFILIA Y OTROS pedestres términos alimentan por estos días el morbo mediático y escandalizan hasta el cansancio, con la intención de herir a la Iglesia en su cúpula.

Se sabe que será en vano, porque “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, según aprendimos de niños los que recordamos que fuimos y seguimos siendo católicos.

La pedofilia es delito execrable, que ni la Iglesia ni corporación alguna pueden excusar. De hecho es perpetrado —sin exagerar la frecuencia— en distintos ámbitos educativos, no únicamente religiosos, y en colectivos humanos de naturaleza diversa, sin que el escándalo estalle de la manera como estalla cuando tiene autoría en personas que se presume irreprochables y a cuyo cargo está la formación de los menores.

Pero no puede atribuirse al Papa mismo o a su Curia la comisión del tal delito, aunque, en forma subliminal, es lo que se deja entrever en los medios. Está servido para redomados enemigos del círculo eclesiástico cobrarles a los prelados, al menos, la omisión de denuncia o de castigo. Los acusadores, a mi modo de ver, desconocen los procesos internos de la Iglesia, y saben poco de sus sanciones canónicas. Olvidan, además, que detrás de las denuncias existe un interés cuantitativo, que en Norteamérica ha dado frutos y que recobra repentina vigencia, cuarenta, cincuenta años después. Casos hubo parecidos en Colombia, y ya alguno de los denunciantes se ha retractado.

Es cierto que el llamado “espíritu de cuerpo” tiende a proteger del daño exterior a los integrantes de un determinado grupo social. No se diga esto de la Iglesia, pues ella se rige por una deontología moral, la más exigente, como que se trata de su misma razón de ser. Ella sería la única que podría juzgarse a sí misma.

El pecado es grande en quienes lo cometen; pero es muy otra la actitud de quienes, sin dejar de sancionarlo dentro de su fuero, pretenden blindar del daño moral a la institución que han de preservar incólume “hasta el final de los siglos”.

Por concordatos expresos, donde los hay, la Iglesia no escapa a la responsabilidad penal que le incumbe en cada caso particular. Pero una es la justicia interna canónica, que es autónoma, y otra la judicial de los Estados, con la cual la Iglesia debe también colaborar, sin que le corresponda ejecutarla.

Sé que el Papa, criticado desde el comienzo del pontificado por haber sido reclutado en su juventud por las milicias nazis; por su protagonismo a la hora de ser elegido y por su fastuosa, aunque hermosísima corte y accesorios, se verá abatido bajo el peso de sus ornamentos en esta Semana Mayor, pero seguramente a salvo de las acusaciones, que han querido llegarle a lo personal. El crisol del sufrimiento reforzará su imagen y la preservará de la agresión moral, estoy seguro.

 

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