Por: Joseph E. Stiglitz

Los peligros de la reducción del déficit

UNA OLA DE AUSTERIDAD FISCAL SE precipita sobre Europa y los Estados Unidos. La magnitud del déficit presupuestario —como la de la recesión— ha tomado a todos por sorpresa.

Pero pese a las protestas de los antes defensores de la desregulación, que quisieran que el gobierno siguiera siendo pasivo, la mayoría de los economistas creen que el gasto público ha tenido un impacto positivo que ha ayudado a evitar otra Gran Depresión.

La mayoría de los economistas también coinciden en que es un error mirar solamente un lado de la hoja de balance (en el sector público o privado). Uno debe evitar fijarse solamente en las deudas de una empresa; también hay que ver sus activos. Esto debería servir para responder a los halcones del sector financiero, quienes están dando la alarma sobre el gasto público. Después de todo, incluso los halcones del déficit reconocen que deberíamos concentrarnos en la deuda nacional de largo plazo y no en el déficit actual. El gasto, especialmente en inversión educativa, tecnológica y en infraestructura, puede realmente conducir a la disminución del déficit de largo plazo. La visión miope de los bancos contribuyó a crear la crisis; no podemos dejar que la visión miope del gobierno —empujado por el sector financiero— la prolongue.

Un crecimiento más acelerado y los rendimientos de la inversión pública producen mayores ingresos fiscales, y un rendimiento de entre 5% y 6% es más que suficiente para compensar los incrementos temporales de la deuda nacional. Un análisis de costo-beneficio (que tome en consideración otros impactos además de los del presupuesto) hace que esos gastos, incluso financiados con deuda, sean todavía más atractivos.

Finalmente, la mayoría de los economistas están de acuerdo en que, aparte de estas consideraciones, el tamaño adecuado del déficit depende en parte del estado de la economía. Una economía con poco dinamismo requiere de un déficit mayor, y el tamaño apropiado del déficit frente a la recesión depende de circunstancias precisas.

Es aquí donde difieren los economistas. Las previsiones son siempre difíciles, pero en especial en tiempos tan complicados. Lo que ha sucedido no es (por suerte) algo que ocurra todos los días; sería una tontería mirar las pasadas recuperaciones para predecir la actual.

En los Estados Unidos, por ejemplo, la morosidad y las ejecuciones hipotecarias están en niveles no vistos en tres cuartos de siglo; la disminución de crédito en 2009 fue la mayor desde 1942. Las comparaciones con la Gran Depresión también son engañosas, porque hoy la economía es muy diferente en muchos sentidos. Y casi todos los llamados expertos han probado ser altamente falibles —muestra de ello son las sombrías previsiones de la Reserva Federal de los Estados Unidos previas a la crisis—.

No obstante, incluso con déficits importantes, el crecimiento económico en los Estados Unidos y Europa es anémico y las previsiones de crecimiento del sector privado indican que en ausencia de un apoyo continuo del gobierno, existe el riesgo de un estancamiento sostenido —que el crecimiento sea demasiado débil para que el empleo vuelva a sus niveles normales pronto—.

 Los riesgos son asimétricos: si estas previsiones son equivocadas y se da una recuperación más sólida, entonces por supuesto se pueden reducir los gastos y/o aumentar los impuestos. Pero si son correctas, entonces una ‘salida’ prematura del gasto deficitario podría conducir nuevamente la economía a la recesión. Esta es una de las lecciones que aprendimos de la experiencia de los Estados Unidos durante la Gran Depresión. También es una de las lecciones de la experiencia de Japón a finales de los noventa.

Estos puntos son particularmente pertinentes para las economías más afectadas. Por ejemplo, el Reino Unido ha tenido más problemas que otros países por una razón obvia: tuvo una burbuja inmobiliaria (aunque menos grave que la de España) y las finanzas, que estuvieron en el epicentro de la crisis, desempeñaron un papel más importante en su economía que en la de otros países.

El hecho de que el Reino Unido haya tenido resultados más débiles no es resultado de políticas peores; en efecto, en comparación con los Estados Unidos, sus rescates bancarios y políticas para el mercado laboral fueron mucho mejores en varios sentidos. Evitó el enorme desperdicio de recursos humanos que acompaña el alto índice de desempleo en los Estados Unidos, donde casi una de cada cinco personas que buscan un empleo de tiempo completo no lo encuentran.

A medida que la economía global vuelva a crecer, los gobiernos deberán preparar, evidentemente, planes para elevar los impuestos y recortar el gasto. Inevitablemente, el equilibrio adecuado será tema de controversia. Principios como el de que “es mejor gravar cosas malas que buenas” podrían sugerir el establecimiento de impuestos ambientales.

El sector financiero ha impuesto enormes externalidades sobre el resto de la sociedad. La industria financiera estadounidense contaminó el mundo con hipotecas tóxicas, y en consonancia con el principio de “el que contamina paga”, se les deberían cobrar los impuestos. Además, los impuestos bien diseñados sobre el sector financiero podrían ayudar a aliviar los problemas causados por un excesivo apalancamiento y los bancos que son muy grandes como para fracasar. Los impuestos sobre las actividades especulativas podrían alentar a los bancos a poner más atención en su desempeño social primordial como institución de crédito.

En el largo plazo, la mayoría de los economistas coinciden en que los gobiernos, especialmente los de los países industrializados avanzados con poblaciones que envejecen, deberían estar preocupados por la creación de políticas sostenibles. Sin embargo, debemos estar atentos al fetichismo del déficit. El déficit para financiar la guerra o para asistir gratuitamente al sector financiero (como ocurrió en una escala masiva en los Estados Unidos) generó pasivos sin contar con los activos que los respaldaran, imponiendo una carga para las generaciones futuras. No obstante, las inversiones públicas de altos rendimientos que se pagan por sí solas por mucho pueden mejorar realmente el bienestar de dichas generaciones y sería una tontería doble dejarles la carga de deudas correspondientes a gastos improductivos y después recortar las inversiones productivas.

Estas son las preguntas para más adelante —al menos en muchos países las perspectivas de una recuperación sólida son, en el mejor de los casos, para uno o dos años—. Por el momento, la economía es clara: reducir el gasto público no es un riesgo que valga la pena tomar.

*Premio Nobel de Economía en 2001. Copyright: Project Syndicate, 2010.

 

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