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hace 1 hora
Por: Andrés Hoyos

Los peligros del pensamiento mágico

No soy usuario de Apple, salvo porque tengo un iPod para oír música, y como escéptico de la religión de Steve Jobs, su muerte me pegó lejos del corazón. No subestimo al personaje, en lo más mínimo, sólo que no me conmueve.

Alejandro Gaviria recordaba en días pasados que para el desarrollo de la personalidad creativa de Jobs fue esencial haber consumido LSD y marihuana en la juventud. Los prohibicionistas pacatos, que creen que la civilización consiste en la multiplicación de las prohibiciones, tienen en el famoso empresario un mentís de marca mayor. Por el lado opuesto, me repele el trato orwellesco que Apple, bajo la férula de Jobs, les ha dado a la lectura y a la literatura. Una cosa es vender muchos iPads, lo que no tiene nada malo; otra intentar destruir la vieja filigrana del mundo editorial para ganarle la guerra a Jeff Bezos, el ingrato fundador de Amazon. Dice el proverbio africano que en las peleas de elefantes la que sufre es la hierba. Pues bien, en este caso la hierba somos los escritores, los editores y, al final cuentas, los lectores. El personaje, no queda duda, fue enigmático y atractivo, sin entrar a considerar su colosal éxito empresarial, un éxito que, como todo en el universo digital, mañana podría convertirse en un fracaso o en un estándar gris. Basta con mirar la carrera de Bill Gates, el álter ego de Jobs, un multi billonario cuya compañía lleva más de una década sin lanzar productos emocionantes.

Hay un aspecto, sin embargo, en el que sí veo a Jobs como una figura trágica de corte isabelino, es decir, como alguien con un destino fatal que es, al menos en parte, autoinfligido. El fundador de Apple nació en el centro mismo del melodrama: hijo del acaso, su padre musulmán no quiso saber nada de él y su madre cristiana lo dio en adopción. Además de un padre y una madre biológicos por descubrir, Steve tenía una hermana de sangre con la que vino a cruzarse poco antes de cumplir 30 años. Producto del amor libre, Jobs tuvo una hija natural a la que le negó la paternidad durante más de una década. Así, se convirtió en un ser dividido, en una especie de centauro: de un lado estaba el hippie tardío, el vegetariano con viajes a la India en busca de inspiración, el creyente en el pensamiento mágico; del otro, un visionario feroz que no tomaba prisioneros.

La encrucijada definitiva tuvo lugar en 2003 cuando a Jobs le detectaron por accidente un cáncer de páncreas, proverbialmente letal. Los médicos, sin embargo, le dijeron que estaba de buenas porque el tumor pertenecía a una rara variedad que afecta sólo al 5% de los pacientes y que es posible de tratar. Había, eso sí, que operar de inmediato. Jobs, contra todo pronóstico, se demoró nueve meses en hacerse la operación. No quería que su cuerpo fuera abierto y profanado y recurrió primero a dietas exóticas, a tratamientos con hierbas, a sesiones de acupuntura y al resto de técnicas de la medicina alternativa. Hasta consultó con un espiritista. Quiso ser fiel al pensamiento mágico que le había dado tan fulgurantes éxitos en el despiadado mundo digital, pero vino a descubrir a las malas que el cáncer no se entiende con el incienso.

Más adelante, Jobs llegó a arrepentirse de su comportamiento e incluso se sometió a un trasplante de hígado. No obstante, la suerte estaba echada y el melodrama no tuvo un final feliz. Dirán sus devotos, iPad en mano, que a Jobs nadie le quita lo bailado. Decimos los demás: amén.

[email protected], @andrewholes

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