Por: Pascual Gaviria

Los poetas mienten demasiado

EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE Poesía de Medellín es una interesante anormalidad. Los poetas acostumbrados a desgañitarse intentando que algún misericordioso preste oídos a sus versos se convierten en pasto de multitudes.

Los ignorados por naturaleza tienen una semana de esplendor frente a un ágora que puede superar en número a los aficionados de los últimos tedios en el Atanasio. Tres mil personas en riguroso silencio, descifrando a los poetas en la cima de uno de los cerros centrales de Medellín, construyen una escena irresistible desde que Platón propuso expulsar a los poetas de su ciudad ideal.

Los invitados vuelven a sus países en un trance de solemnidad. Durante algunos meses mascan sus nuevos poemas pensando en súbitos poderes. Y el Cerro Nutibara, sede natural del pueblito paisa, se convierte en centro de la epifanía: “La muchedumbre es parte del poeta. / Diminutas las voces se agigantan / desafiando al cerco de las piedras. / El cerro y la poesía / han dejado de ser para ser juntos. / El infinito entre tanto se acomoda / en la garganta del poema”.

Medellín participa del rito con la ingenuidad del creyente alejado de toda ortodoxia, siguiendo la inercia de tumultos natural a todas las ciudades. El exotismo poético se refuerza con la originalidad geográfica. Porque el festival es un reto para los cartógrafos y los expedicionarios, un repaso a todas las páginas del Almanaque Mundial. Vienen poetas de Papúa Nueva Guinea, Turkmekistán, Gambia, Martinica, Benín, Islandia y otras lejuras. La gente cierra los ojos oyendo idiomas imposibles. El ancho mundo se digna a venir hasta una ciudad maldita y sus representantes dicen estar fascinados con el recibimiento. Poetas y público se aplauden mutuamente. Al final se cambian versos por encargos diplomáticos. Así lo muestra una esquela de dos jóvenes de la ciudad a un poeta nepalés: “Muchas gracias por haber venido a Medellín. Fue fabuloso tenerte aquí. Podemos ver que tienes un gran corazón, el corazón de un artista. Gracias por compartirlo con nosotras. Esperamos que te guste Medellín. Por favor, no olvides decirle al mundo que en Colombia hay mucho más que guerra y pobreza. Nosotras esperamos y creemos que la POESÍA puede cambiar el mundo. Gracias, Marcela y Laura”. Entonces, no importa que un gracioso saboteador pase repartiendo volantes con la siguiente leyenda: “Le gusta la poesía: 99%. No lee poesía: 99%”.

Pero ahí no termina el verso. El Festival ha sido desde sus comienzos una tarima política, un grito que pretende representar a los oprimidos del mundo. Se pasa del soneto al panfleto sin mucha dificultad. Y los ataques de grandilocuencia transformadora hacen reír a los escépticos y delirar a los convencidos: “Un evento como el Festival… vigoriza la activación de los individuos, decanta la conciencia, aporta a todo ese conglomerado el reflejo de su fuerza, de los muchos que somos, el reflejo de una faz cada vez más completa del ser colectivo”. Mientras tanto, los muchachos de las juventudes comunistas sirven en la logística y las ventas, se quejan del patrón y terminan regalando las revistas al pueblo que las deja olvidadas en los buses.

Todo termina con un canto místico a cargo de Ernesto Cardenal. Y pareciera que se ha retomado el equilibrio y la solidaridad entre los hombres. Pero después del punto final la gente vuelve a los temas de siempre: el pico y placa, las contrataciones del Medellín, la cuenta de servicios y las promociones del Éxito.

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