Por: Catalina Uribe

Los Poncio Pilato del Congreso

Mientras escribo esta columna se vota en la Comisión Primera el referendo discriminatorio contra la adopción para personas solteras y parejas del mismo sexo. Aunque no sé el resultado, varios congresistas anunciaron en algunos medios cómo votarán. Me llamó la atención que, además de los que tradicionalmente deciden ausentarse para no comprometerse, hay un grupo de congresistas que dijo no estar de acuerdo con el proyecto, pero que votará a favor para que sean los ciudadanos quienes decidan en las urnas.

Carlos Abraham Jiménez, de Cambio Radical, por ejemplo, afirmó que como congresista votaría sí, pero cuando el referendo esté en las urnas votaría no como ciudadano. Lo mismo afirmó Samuel Hoyos del Centro Democrático. Santiago Valencia, Álvaro Hernán Prada y María Fernanda Cabal, también uribistas, afirmaron que están en contra de que los solteros no puedan adoptar, pero que apoyarán la propuesta.

Entender la racionalidad detrás de este tipo de votación es difícil. Podría pensarse que estos congresistas creen profundamente en la voluntad popular y que están dispuestos a sacrificar sus propias convicciones con tal de darle voz a la ciudadanía. Pero todos sabemos que esa no ha sido, ni será nunca la lógica de estos políticos. Si votan a favor del proyecto discriminatorio es porque están de acuerdo con lo que allí se plantea o porque quieren proteger su propio pellejo.

Este tipo de proceder no es nuevo. Poncio Pilato pasó a la historia como el arquetipo del político débil dispuesto a conceder la muerte de quien creía inocente con tal de no afectar la estabilidad de Roma, ni de su imagen. En los Evangelios el gobernador romano reconoce que no halla en Jesús ninguna falta. Sin embargo, en uno de los pasajes más famosos, deja la decisión a la multitud, se lava las manos y se declara inocente de la sentencia de muerte que él mismo proclamó.

Podría haber un debate más para discutir el referendo discriminatorio, y seguramente habrán otros proyectos similares, que además de atentar contra los niños y su posibilidad de tener una familia, dividen al país y atacan descaradamente a un grupo de la población. Los congresistas deben pensar bien cómo quieren quedar parados. Nadie recuerda a las masas que condenan. La historia recuerda, en cambio, con nombre propio a los Poncio Pilato.

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