Por: Juan Carlos Gómez

Los presidentes pantalleros

Una noche de abril de 1970 el presidente Carlos Lleras, ante la amenaza de graves disturbios, decretó el toque de queda por televisión y mandó a dormir temprano a los colombianos.

Tal vez esa es la alocución presidencial televisiva más memorable de la historia nacional; comparable con la de Belisario Betancur cuando, en noviembre de 1985, ante las cámaras de televisión asumió la responsabilidad política por la tragedia de Armero y el holocausto en el Palacio de Justicia.

A través de los años, primero el teleprompter y después la edición —para aparentar firmeza y corregir errores de lectura o de dicción— les fueron quitando espontaneidad a las intervenciones presidenciales; generalmente un ladrillo que nadie quiere ver. En Colombia —como en casi todos los países del tercer mundo— la ley obliga a los canales de televisión —públicos y privados— a emitir esas alocuciones cuando el presidente quiera. Hace unos años la Corte Constitucional no accedió a corregir ese despropósito; prefirió creer que esa herramienta absolutista es necesaria para la formación de la opinión pública.

Afortunadamente en nuestro país los presidentes no han llegado a extremos como los que padecen hoy en día los habitantes de Argentina, Ecuador y Venezuela. Cristina Fernández, Rafael Correa y Hugo Chávez en su delirio populista torturan a sus compatriotas con eternas intervenciones que deben transmitir todas las estaciones de televisión, si es que no quieren perder sus frecuencias.

Según el diario El País de España, en crónica publicada la semana pasada, ellos obviamente encabezan el ranquin de los presidentes más pantalleros de América Latina. Para solaz de la teleaudiencia nacional, el presidente Santos en esa publicación aparece en un lugar secundario: apenas 16 alocuciones en 24 meses. Los mandatarios de México, Perú y Paraguay se destacan como los más moderados.

En el Roosevelt Memorial en Washington una de las formidables esculturas representa a una familia pegada al receptor de radio oyendo a su presidente dirigirse al país, en sus acostumbradas charlas semanales, durante los años de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra. Eran otros tiempos, cuando la voz serena y pausada de un gobernante transmitía confianza a una nación e, incluso, al mundo entero.

 

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