Por: Humberto de la Calle

Los presidentes remolonean

EL MAYOR DESAFÍO PARA LA DEmocracia en Latinoamérica ha sido cómo elegir limpiamente sus presidentes. Ahora es cómo deshacerse limpiamente de ellos.

En efecto, arandelas más o arandelas menos, con mayor o menor apoyo, más de nueve presidentes han modificado o quieren modificar sus constituciones para quedarse en el poder. Colombia, tristemente, forma parte de la lista. Decidimos dejar de vivir en el barrio de los países serios para trastearnos a la patota bulliciosa de los que moldean sus reglas al vaivén de la coyuntura.

Estamos, pues, frente a una pandemia. El caso de Honduras muestra los peligros de la enfermedad.

La reacción contra el golpe de Estado (que no puede calificarse de otra manera) es justificada, oportuna y proporcionada. Pero es un verdadero desperdicio histórico que haya tenido que hacerse en beneficio del presidente Zelaya, un político de muy dudosas credenciales democráticas y con una hoja de vida discutible. El sistema interamericano tenía que obrar así, mediante una condena sin vacilaciones, pero hay que reconocer que no es este propiamente un momento de gloria para él. Zelaya, llevándose de calle la Constitución de su país, saltando por encima del Tribunal Electoral, del Congreso, de la Corte, de su propio partido  y de un enjambre respetable de instituciones y ciudadanos, simplemente preparó el tinglado para quedarse en el poder bajo el manto de la democracia directa. Triste utilización del referendo que de noble instrumento democrático ha pasado a ser instrumento del bonapartismo tropical.

Chávez y sus corifeos aprovecharon una oportunidad bendita. El señor Miguel d’Escoto, canciller de ese oscuro personaje que es Ortega, como presidía por efectos del alfabeto la Asamblea General de Naciones Unidas, precipitó una declaración que ni siquiera indaga por qué un pueblo tradicionalmente aguantador de los más desastrosos gobiernos, alzaba ahora su voz en contra de la maniobra. Insulza dice que no negocia con un dictador, en lo que tiene razón, pero al menos debe oír a la sociedad hondureña que no comparte la utilización indebida de un referendo para atornillarse en el poder. ¿Debió la OEA actuar antes? ¿Contribuyó su silencio al desenlace fatal? Pero antes de la OEA ocurrió la reunión del Alba. La telonera fue Patricia Rodas, canciller hondureña desde 2008. Rodas no ha ocultado su admiración por Castro y Chávez y según críticos, de hecho es una “primera dama” real. En esta reunión del Alba bajo la orientación del presidente venezolano, a quien en el pasado no le molestaban tanto los gorilas, como que el mismo fue golpista en su momento, y abrazado esta vez con Raúl Castro, creó un escenario paralelo a la OEA. Mientras se echaba por la borda el principio de no intervención que había sido base medular de la política de los países del Alba, Chávez, Correa y Morales intervenían con todo descaro, anunciando incluso el envío de tropas a Honduras.

Entre tanto, Chávez cierra medios de comunicación, desconoce el poder del sufragio en el caso de varias alcaldías a las que virtualmente destituye de un plumazo y deforma la democracia. Y allí sí, pese a clarísimas violaciones de la Carta Democrática, la OEA y la ONU guardan silencio.

 

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