Por: Juan Gabriel Vásquez

Los pueblos se merecen a sus periodistas

ESO ES LO QUE TIENEN ALGUNOS escritores: llevan décadas muertos y nos siguen hablando de lo que pasó ayer.

 

Andaba yo hojeando los ensayos de Orwell, deteniéndome en uno de mis favoritos —“La prevención de la literatura”, se titula, y se publicó por primera vez en 1946—, cuando me encontré con estas líneas sobre el difícil momento que en esos años conflictivos pasaban los escritores deseosos de mantener una cierta integridad. Las amenazas que propone Orwell son varias: “La concentración de la prensa en manos de unos pocos ricos, el control que los monopolios tienen sobre la radio y las películas, la falta de voluntad del público a la hora de gastar dinero en libros, con lo cual los escritores tienen que ganarse la vida haciendo periodismo chapucero…”. El ensayo, por supuesto, habla de las amenazas que pesan sobre la libertad de pensamiento y de prensa en las sociedades democráticas tanto como en las totalitarias; pero uno no puede leer esas líneas sin pensar también en lo sucedido en el imperio Murdoch, esa especie de gobierno paralelo que le nació a Inglaterra en los últimos 30 años.

Tampoco puede uno leer las preocupaciones de Orwell sin cierta nostalgia, la nostalgia de un mundo en que lo grave, cuando se daban las circunstancias que el ensayo menciona, era la manipulación política por parte de los medios. Lo que hay ahora no tiene ni siquiera la dignidad de las grandes mentiras políticas. Es algo mucho más banal, mucho más mezquino, mucho más barato. La concentración de la prensa y los monopolios de los medios, sí: Orwell lo vio claro. Pero nadie creería ni por un instante que aquellos periodistas que intervenían teléfonos (de políticos, de actores, de víctimas de atroces crímenes) preferirían estar escribiendo libros en lugar de arruinar la vida de la gente para alimentar el apetito de esa bestia insaciable: los lectores de sensacionalismo. La denuncia de banales adulterios, la persecución ensañada del dolor de una víctima, las vestiduras hipócritamente rasgadas ante el escándalo de turno: esas actividades, que llamamos periodismo sólo por comodidad, han infectado el discurso público inglés durante los últimos años, y no sabemos todavía si los hábitos de los lectores (que justifican y provocan los hábitos de esa prensa sucia) cambiarán a raíz de la caída en desgracia del imperio Murdoch.

Como esos foros de internet o esas páginas de Facebook donde los periodistas deshonestos creen poder calumniar impunemente, la prensa sensacionalista parece considerar que ciertos medios no están sujetos a las obligaciones de la ética, esa palabra pasada de moda. Ahora The Guardian, uno de aquellos medios impresos cuya muerte todo el mundo sigue diagnosticando, uno de aquellos periódicos que son siempre cuestionados porque sus ventas son la sexta parte de las de The Sun o News of the World, ha hecho una investigación periodística de verdad —sin plata para comprar testigos ni intervenir teléfonos ni sobornar a policías— y sus denuncias han puesto a toda una sociedad en el diván del psicoanalista y en la picota a una de las organizaciones más poderosas del mundo. Hoy, mientras escribo, Murdoch está llegando a declarar ante el Parlamento británico. A ver qué pasa en esos países donde espiar a los ciudadanos sí tiene, al parecer, consecuencias reales.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez

Recuperar la decencia

A manera de despedida

Los libros de Coetzee

¿De qué paciencia estamos hablando?

Peligro: literatura sobre la vida