Por: William Ospina

Los que fracasan al triunfar

LA RETIRADA DEL EJÉRCITO DE ocupación de los Estados Unidos en Irak deberá ocurrir en los primeros meses del gobierno de Barack Obama, y tendrá, para quienes apoyaron, adentro y afuera, a la administración Bush, todo el sabor de una derrota.

Porque hoy a los Estados Unidos sólo le queda en Irak la alternativa de derrota o catástrofe, como bien lo demuestra la serena entrevista que Joseph Stiglitz concedió a El País de España, a propósito de su libro sobre la guerra.

Y McCain no podrá convencer a un electorado que empieza a ver ya las verdaderas consecuencias de la invasión, no en el aumento de la seguridad, sino en la caída del dólar, el alza del precio de los combustibles, el déficit nacional, el creciente estallido de escándalos de corrupción asociados con la guerra y la inminencia de una recesión. Ningún país del mundo puede asumir sin frutos positivos el gasto de tres billones de dólares, y cada mil de esos millones ofrendado al horror con el cadáver de un joven norteamericano envuelto en la bandera.

Pero, aunque ese no puede ser por ahora el tema de debate en la campaña electoral, no será posible contener la avalancha de escándalos y juicios de responsabilidades que vienen en camino, precisamente para que no sea el Partido Demócrata el que tenga que cargar con todas las consecuencias de la guerra más insensata, más ilegal y más criminal que recuerde la historia reciente.

Todos los artífices de esa guerra tendrán que enfrentar a la justicia, no sólo por haber llevado a los Estados Unidos a un nuevo Vietnam entre los gritos de advertencia y de prudencia del mundo entero, sino por los muchos crímenes que auspiciaron o toleraron desde el poder, con esa ciega fe que tienen los gobernantes de que su poderío durará para siempre.

Hay que ver a Hitler en la plenitud de su mandato hablando como un dios germánico ante las muchedumbres, e imaginarlo en el último momento mordiéndose los labios y preparando la partida mientras Alemania se caía a pedazos, para volver a entender que nadie detiene la historia, y que el primer derecho de los que llegan es aportarle un poco de lucidez y de justicia a un escenario manchado por la inmoralidad y por la prepotencia.

El mundo no debe alegrarse demasiado de que el peso de la justicia caiga sobre George Bush y su banda de negociantes infames, debe mirar con profunda tristeza este nuevo ejemplo de que la ambición sólo sabe detenerse cuando ha sacrificado de un modo irreparable a centenares de miles de seres humanos y ha privado de su sueño tranquilo a millones durante muchas décadas más.

La única justicia es la justicia que previene, el castigo no hace más que añadir un mal a los otros males, pero no mejora ni mejorará jamás a la humanidad. Más habría valido que las Naciones Unidas funcionaran a tiempo e impidieran el hecho, que la legalidad violada en el Consejo de Seguridad hubiera producido alguna consecuencia, o que el gobierno norteamericano hubiera oído a tiempo la voz de los millones de personas comprometidas con la justicia y con la decencia que marcharon y volvieron a marchar en Madrid y en París, en Londres y en Buenos Aires, en Sidney y en México, no acusando a los Estados Unidos de nada, sino pidiéndoles prudencia, pidiéndoles que no permitieran que la justa indignación y el miedo que les habían causado los satánicos atentados de septiembre contra las torres gemelas los convirtieran a ellos a su vez en verdugos satánicos de pueblos indefensos.

La invasión a Irak no será considerada por la posteridad como una guerra, sino un crimen. Un crimen que la mayor parte de los gobiernos vieron ocurrir con una culpable indiferencia. Y quedará para la historia discutir cuál fue la causa última de todo esto.

Si fue la maniobra de una mafia de empresarios nostálgicos de los tiempos del colonialismo, que creyeron posible apoderarse de las reservas petroleras de uno de los mayores productores del mundo; si fue un intento de la plutocracia ultraconservadora por imponer sobre el mundo su fórmula de la guerra preventiva; si fue el turbio intento de una dirigencia irresponsable por inventarle a un pueblo ingenuo y aterrorizado un culpable en el cual descargar su cólera; o si con un poco de todas esas miserias se construyó esta aventura cuyo desenlace estaba cantado desde el primer día.

Yo me atrevería a afirmar que la causa más eficaz estuvo en la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría. Ese triunfo súbito de los Estados Unidos, por el desmoronamiento de quien fuera su adversario durante décadas, obró como un licor tóxico sobre los ideólogos del imperio norteamericano, que proclamaron “el fin de la historia” y el nacimiento del reino milenario, alimentó el proyecto de una política unilateral de los Estados Unidos hacia el mundo, y permitió que charlatanes oportunistas, como John Bolton, predicaran el fin de la cooperación y hasta el desmantelamiento de las Naciones Unidas. Cuánta necedad puede proliferar en un país, por poderoso que sea, cuando se desconfía tanto de la inteligencia y se cree tanto en la predestinación.

Creyeron que, caído el enemigo gigantesco, ya nadie podría oponerse a su poder, olvidaron la afirmación de Chesterton de que “la diferencia entre el mundo antiguo y el moderno es la diferencia que hay entre una edad que lucha con dragones y una edad que lucha con microbios”, y pudieron comprobar amargamente que mientras el gran enemigo nunca se había atrevido a atacar su territorio, los enemigos invisibles produjeron el más efectivo ataque bélico que recuerdan los tiempos recientes.

 Y una vez más atacaron a ciegas, mintiendo que su enemigo era otra nación; fingieron que se podía emprender una guerra convencional contra la menos convencional de las guerras, que es el terrorismo; y hasta proclamaron desde la cubierta de un portaaviones su triunfo.

Ahora comenzará la época de un nuevo multilateralismo, de nuevos esfuerzos de diálogo y de cooperación internacional, y tal vez recordaremos este grave episodio de la historia con el nombre de un famoso ensayo de Sigmund Freud: “Los que fracasan al triunfar”.

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