Por: Juan Gabriel Vásquez

Los que nos protegen

UNO PODRÁ DECIR LO QUE QUIERA DE Hugo Chávez, pero no que no se preocupe por su gente. Hace unos días el gobierno bolivariano decidió que Los Simpson son una “mala influencia”, y que presentan un modelo negativo de familia (en esto, todo hay que decirlo, han sido especialmente perspicaces), y ha ordenado al canal Televen que retire la serie de su horario habitual: lunes a viernes a las once de la mañana.

Chávez ha concluido, por lo visto, que a esa hora los niños venezolanos están frente a un televisor; y, aunque uno pueda hacer varios tipos de preguntas sobre el sistema de educación bolivariano, lo cierto es que sí, es posible que un niño encienda un televisor a las once de la mañana de un día de semana, y es posible que se encuentre con los Simpson. Así que Chávez ha decidido proteger a la niñez venezolana. En lugar de Los Simpson, el canal deberá emitir desde ahora Guardianes de la bahía.

La idea de protección infantil que tiene la revolución bolivariana, convendrá cualquiera, es por lo menos curiosa. Es cierto que la ropa roja le ha gustado siempre a Chávez, pero alguien tendrá que explicarle que el vestido de baño de Pamela Anderson no es, como parecen pensar las autoridades, una muestra de su compromiso con el partido.

Todo el asunto es ridículo, por supuesto, pero no por ello es menos preocupante, porque la historia entera del siglo XX demuestra que lo peor que le puede pasar a un pueblo es que su gobernante empiece a protegerlo: de las malas influencias, de los modelos negativos, de lo que sea. Franco, por ejemplo, hizo el ridículo más de una vez: los españoles se acuerdan todavía de una escena de la película Mogambo en la que hay una especie de trío amoroso, cosa que para los protectores de la moral era absolutamente escandaloso. Así que cambiaron el doblaje de la película: convirtieron a la amante del protagonista en su hermana, para evitar el adulterio. Y lo que ocurría en una escena de alcoba dejó de ser un adulterio y se convirtió en un incesto.

Las democracias totalitarias de hoy en día —el siglo XXI parece demostrarnos que esta contradicción es posible— no han demostrado más inteligencia que los censores franquistas. Hace meses escribí una columna sobre los hermanos Kaczynski, los gemelos que gobiernan Polonia con todo el ímpetu del fundamentalismo católico, y que en un arranque de protección de la niñez polaca empezaron a perseguir a los Teletubbies, preguntándose si algunos de ellos eran homosexuales. (Uno se ríe, pero el siguiente paso de los gemelos fue prohibir la lectura de Joseph Conrad, entre otros autores, y todos sabemos que de prohibir un libro se pasa a quemarlo, y de quemar libros se pasa a quemar a los autores.) Hace poco, en fin, China puso su granito de arena en esta historia del ridículo cuando la Administración Estatal de Prensa y Publicaciones decidió prohibir las películas de terror y misterio. El fin de la medida: “proteger el desarrollo de niños y adolescentes”.

En las justificaciones, de Chávez a China, está la palabra protección o una de sus conjugaciones. Es una de las convicciones más profundas de todos los tiranos: los ciudadanos son unas criaturas inocentes y más bien tontas, que no saben lo que es mejor para ellos y en cambio son vulnerables a las influencias nocivas de las fuerzas del mal (los Simpson, los Teletubbies y, no sé, la bruja de Blair).

Ellos, nuestros tiranos, nos cuidan; son padres cariñosos que velan por nuestro bienestar mental; son nuestros guías, y están muy conscientes de las amenazas que nos esperan allá fuera, en el terrible mundo del dibujo animado. En resumen: todavía no sabemos si los Teletubbies son homosexuales, pero al menos Maggie Simpson, representante de la moral decadente del Imperio, ha salido del aire. Los padres venezolanos pueden respirar tranquilos: ahora sus hijos ven Guardianes de la bahía.

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