Por: Piedad Bonnett

Los que sobran

No se podía haber pifiado más el señor Sergio Clavijo, presidente saliente de ANIF, cuando propuso pagar a los jóvenes tan sólo el 75 % del salario mínimo con el objeto de combatir el desempleo. No sólo se trata de una falacia —como la que pretende que rebajarles impuestos a los empresarios lograría los mismos fines—, sino de un irrespeto con los que tienen entre 18 y 25 años, para los cuales la tasa de desempleo es 2,5 veces más alta que para el resto. Y una muestra de la insensibilidad y el egoísmo de esa parte del sector financiero y empresarial que sólo piensa en enriquecerse y a la que le importa un pito la desigualdad creciente que el capitalismo desalmado ha incrementado en tantos países.

¡Pilas! En septiembre el Ministerio de Educación alertó sobre la creciente deserción de estudiantes de las universidades y las cifras son alarmantes. El informe habla de 17.000 matriculados menos en las universidades privadas entre 2016 y 2018. Según el análisis que para El Espectador hizo Alejandro Gaviria, exministro y rector de la U. de los Andes, “hay personas que toman un curso de programación de seis meses y consiguen un trabajo con un sueldo de $ 1.500.000. Mientras que hay otras que estudian un pregrado de cinco años y siguen desempleadas”. Es decir que los posibles estudiantes están escogiendo otras alternativas de acuerdo a la relación costo-beneficio.

No soy de las personas que piensan que la única opción de capacitación es la universidad. Pero sí de las que creen que los estudios universitarios no deberían ser sólo para una élite, y también que la formación universitaria no sólo tiene como deber producir especialistas, sino también ciudadanos críticos, de miras amplias, con sensibilidad social y voluntad transformadora (aunque esto es evidente que no siempre se cumple, como lo demuestran tantos egresados como el señor Clavijo). Pero es que, además, la deserción se ha dado también en el Sena: casi 36.000 inscritos menos en sólo un año.

La educación debería ser el factor de movilidad social por excelencia y también de modernización, en el sentido más amplio del término. Máxime en Colombia, un país en el que el sueño del enriquecimiento fácil ha llevado a cientos de jóvenes a enrolarse en las filas del narcotráfico, mientras otros debieron ingresar a la guerrilla como una forma desesperada de supervivencia (cuando no fueron —y son— enrolados a la fuerza). ¿Y es que quién va a querer pagar matrículas altas o invertir cuatro o cinco años de su vida para ganarse menos de un sueldo mínimo mientras lidia con la desesperanza, la depresión y la rabia? Razón tienen los jóvenes chilenos cuando lo que se les ocurrió fue entonar El baile de los que sobran de Los prisioneros: “Únanse al baile, de los que sobran / Nadie nos va a echar de más/ Nadie nos quiso ayudar de verdad. / Nos dijeron cuando chicos / jueguen a estudiar / los hombres son hermanos y juntos deben trabajar. / Oías los consejos / los ojos en el profesor (…) Y no fue tan verdad, porque esos juegos al final / terminaron para otros con laureles y futuro / y dejaron a mis amigos pateando piedras”.

Yo me pregunto, mientras pienso en tanto político corrupto y tanto empresario chanchullero, todos “con laureles y futuro”, quiénes, de verdad, son los que sobran.

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2019-11-03T00:00:19-05:00

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