Por: Julián López de Mesa Samudio
Atalaya

Los ránquines universitarios o del retorno a la escolástica

Hubo un tiempo en que la educación era para unos pocos. Un tiempo en que el conocimiento era cooptado y manipulado por esos pocos. Esos mismos dictaron los estándares incuestionables de educación de aquella era. Aquellos estándares estaban blindados por la inaccesibilidad de las formas usadas, lo que le permitió a esos pocos perpetuar su dictadura intelectual por siglos.

Hoy ya no se habla del oscurantismo y se piensan superados en Occidente aquellos tiempos en que la ciencia fue perseguida y todo conocimiento que desbordase las rígidas fronteras del método escolástico era ahogado.

La creación de las universidades occidentales hizo posible que el conocimiento no se limitase a unos pocos y que eventualmente la rigidez formal no restringiese a la sustancia. En Occidente, la revolución educativa del siglo XIII que llevó a la fundación de Oxford, Boloña, Salamanca y París supuso llevar el conocimiento a los estudiantes y sacarlo de los índices eclesiásticos que en aquel entonces —como ocurre hoy con los índices universitarios internacionales— constreñían el saber. La revolución universitaria y el consiguiente triunfo de la burguesía (motor y objetivo ulterior de la educación moderna) durante los siglos XV y XVI posibilitó una explosión de nuevo conocimiento durante el Renacimiento, siendo uno de los hitos en la constitución del pensamiento moderno.

Empero, aquella oscuridad medioaval ha retornado bajo el disfraz del neoscolasticismo formal exigido por los ránquines internacionales de educación, los cuales a su vez inciden en los estándares de la OCDE para ser admitido en esta organización. Al igual que entonces, el actual sistema genera microcomunidades académicas aisladas de la realidad que son las únicas en beneficiarse de unos saberes que solo ellas conocen, controlan y pueden reproducir. La obsesión con la investigación por la investigación, olvidando la docencia y, lo que es peor, a los estudiantes que con sus matrículas financian el oneroso y forzado engrosamiento de los índices, es una bomba de tiempo. Ya en Estados Unidos, principal impulsador del modelo educativo abrazado por Colombia, se reconoce como una verdadera crisis social pues allí la deuda estudiantil asciende a US$1,4 trillones.

Una de las alertas de esta crisis en Colombia, obviamente ignoradas, es la progresiva disminución, semestre tras semestre, entre el número de estudiantes inscrito y el número de estudiantes previsto, sobre todo en aquellas instituciones que han elevado desproporcionadamente sus matrículas para financiar el sistema de escalafonamiento universitario. Lo peor es que están sacrificando una generación entera de estudiantes quienes no verán su inversión representada en trabajos dignos, pues las universidades, bajando la exigencia académica (para tenerlos callados y alimentar de paso los índices de “éxito” o “retención” estudiantil), le están entregando al mercado mano de obra barata, semiprofesional, aislada, con más habilidades técnicas que humanas, que no se beneficiará jamás del lugar que ocupe su institución en los escalafones. En nuestro medio, padres y estudiantes se están percatando de que, salvo en casos excepcionales, el retorno sobre su inversión es bajísimo y que la promesa de la educación superior se cumplirá tan solo para aquellos pocos “investigadores” que pueden darse el lujo, como en la Edad Media, de vivir de este funesto modelo neoescolástico.

@Los_Atalayas, [email protected]

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