Por: Catalina Ruiz-Navarro

Los raros

Ahora que en toda Latinoamérica se está dando el debate sobre si debe permitirse o no el matrimonio igualitario (entre Gays, Lesbianas, Travestis, Bisexuales y otros) me sorprende que el contraargumento para dicha unión sea el de la anomalía.

Ser “raro” es la pesadilla adolescente. Esos años son la época en la vida cuando más necesidad tiene uno de pertenecer a un grupo. Simultáneamente, uno está obsesionado con ser un individuo y, desgarrado por tal contradicción, uno se dedica a oír Ironic de Alanis Morrisette. A los 14 años, en el comedor del colegio, un compañero de curso me preguntó “¿por qué eres tan rara?”, y yo, asegurándome un ridículo mayor, le conteste: “no soy rara, soy diferente”. Mal.

De cierta forma, ni él ni yo teníamos razón. Yo no soy rara ni diferente, soy una mujer trigueña (que en Colombia cuenta como blanca), sin incapacidades físicas, sin una étnia definida, y, hetereosexual.

Creo firmemente que mi heterosexualidad es una casualidad biológica, que a veces disfruto y a veces me resulta engorrosa. De la misma manera en que soy heterosexual, podría ser lesbiana, o transexual, o transgénero, o incluso asexuada, yo qué sé. Esta casualidad me ubica dentro de lo que el Magistrado Pinilla llama “normal” -según el acta del 2008 que El Espectador reveló el pasado lunes de esta semana- pero no he hecho nada para ganarme ese beneficio, de hecho, anómala me han dicho toda la vida, por una u otra razón, y me siento más cómoda en esa categoría.

Tanto mi compañero de colegio, como yo estábamos en lo cierto. Yo era rara, y diferente. Y él, mi amigo, también, aunque yo no supiera entonces que saldría del closet años después.

Como podemos ver, soy normal para unos (Pinilla) y rara para otros (mi compañero de clase) pues la “normalidad” depende de aquello que está acostumbrado a ver el personaje. La gente es extraña cuando eres un extraño, dice Jim Morrison en People are Strange.

El dilema, claro, es muy adolescente. Por eso uno no sabe si reír o llorar cuando aparecen afirmaciones como “estas personas sufren de una anomalía y requieren de la atención sicológica de esa afección”, refiriéndose a los homosexuales, en un acta oficial y dichas por un Magistrado de la Corte Suprema. Debe tener el Magistrado un mundo muy uniforme, aburrido incluso, para que algo tan común como la homosexualidad le parezca anómalo. Raro, ¿no?

Para terror del Magistrado Pinilla, yo pienso que el anómalo es él. No se me ocurre nada más raro que un humano tan “normal” como para ser tan sensible a la diferencia. Esto lo convierte a él en el más anómalo de todos. El Magistrado también ha dicho que no comprende cuál es la obligación del Estado con estas “manifestaciones distintas”; pero debería, pues a pesar de sus extrañas afirmaciones el Estado debe legislar. Incluso, para gente como él que aunque pertenece a la minoría de los normales, es parte activa de esta sociedad. 

Excéntricos como Pinilla son necesarios para nuestro país, pues son la prueba de que en nuestro territorio hay espacio para el libre desarrollo de la personalidad. "Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que hace de la excentricidad un reproche, es deseable, a fin de quebrar esa tiranía, que haya gente excéntrica. La excentricidad ha abundado siempre donde ha abundado la fuerza de carácter; y la suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene. El mayor peligro de nuestro tiempo se muestra bien en el escaso número de personas que se deciden a ser excéntricas." Esto dice John Stuart Mill, en Sobre la libertad, un texto de 1859. Esta cita le dió sosiego a mis rarezas, y espero que  haga lo mismo por el Magistrado Pinilla, al menos, mientras se adapta a este mundo pluriforme, y lleno de anomalías en el que le tocó vivir.

catalinapordios.wordpress.com

 

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