COVID-19: ¿Cuáles son las acciones adelantadas por el Gobierno para enfrentar la pandemia?

hace 11 horas
Por: Juan David Ochoa

Los reaccionarios

No es coincidencia que las camapañas que parecieron siempre una descabellada posibilidad política hayan reventado en el continente una tras otra, en un efecto dominó que ha desafiado las aparentes democracias estables y ha invertido la atmósfera con tanta crudeza desde el presagio que impuso Trump con su elección cismática. La reciente tradición de la diplomacia ha sido volcada por los reaccionarios, solemnes cargados de odio contra esa realidad liberal que se les iba desbordando del panorama visual con los reconocimientos progresivos de la diversidad y de las minorías, con los derechos fundamentales resarcidos y la apertura y el nombramiento de la complejidad sobre los estigmas y las categorías simples del prejuicio. No es coincidencia que lleguen justo ahora, cuando las mujeres empiezan a reconocerse colectivamente alrededor del mundo y la diversidad sexual es nombrada sin miedo y con intensidad, y todos los frenos jurídicos se han abierto al reconocimiento del individuo.

Sobre esas aperturas del tiempo reaparece el fascismo; esa vieja sombra de las figuras paternalistas del cuidado de los tiempos perdidos con la idealización de un hombre viril que llega con el mandato exclusivo de la salvación de los tiempos; esa nostalgia de un pasado perfecto que se fue evaporando por las versiones numerosas de la verdad, atomizada entre tribus urbanas y razas empoderadas y comunidades activas. Bajo esa misma táctica de salvación de una antigüedad entrañable llegó Trump, elegido por los románticos de ese pasado esclavista y esa pureza racial que los hizo grandes en las invasiones del mundo. Aunque las posibilidades de su desmesura sean mínimas por la fortaleza institucional y sus divisiones, las tácticas y naturaleza de su ascenso son similares a los ejemplos clásicos del fascismo. Y en ese mismo marco llegó Jair Bolsonaro, un capitán nostálgico del poderío de las botas sobre la opinión de los que deben solo obedecer, un evangélico que aspira a construir el paraíso que le fue negado a la humanidad por viejos pecados imperdonables. No es coincidencia, tampoco, que el país del carnaval de Río de Janeiro, el más diverso y abierto del continente, esté siendo testigo ahora del rugido de los reaccionarios. Bolsonaro es la única voz de esta ultraderecha remontada en el tiempo que no ha maquillado sus ideas y se perfila como el abanderado fundamental de esa ideología excluyente que todos suelen revestir con la retórica de los buenos adjetivos y los discursos protocolarios de la nobleza, un falso humanismo que trabaja silencioso entre las leyes para expulsar a todo el que distorsione la idea sagrada del orden: ese ideal que les hace delirar siempre con las sociedades exactas, obedientes a un mandato misterioso y divino del que se ven favorecidos con su intersección: son ellos los que vuelven ahora a recobrar las viejas tradiciones de los invasores que nos hicieron sumisos después del genocidio: son ellos los que han vuelto ahora para ajustar la realidad a las estrechas interpretaciones de la moral y a los dominios estrictamente ajustados para que la banca vuelva a recobrar lo que ha perdido en los recientes años de esa inversión social tan desastrosa para las políticas de su evangelio.

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