Por: Álvaro Restrepo

Los ‘realities’ que sí necesitamos

Muchos ciudadanos blancos (afrikaners-boers, ingleses, etc.) de la sociedad sudafricana se mostraron sorprendidos, ¡horrorizados!, cuando empezaron a salir a la luz los detalles de lo que había ocurrido en su país durante la oprobiosa era del Apartheid. “¡No sabíamos que todo esto estaba pasando!”, se lamentaban. La televisión sudafricana se dedicó durante varios años a transmitir todos los domingos, en emisiones dirigidas por el periodista Max du Preez, los testimonios de los victimarios y de las víctimas: en muchas ocasiones enfrentados cara a cara, confesando sus crímenes los unos y expresando su dolor, en impresionantes catarsis, los otros... “¡No sabíamos que todo esto estaba pasando...!”, se lavaban las manos muchos, frente a la responsabilidad colectiva —por acción u omisión— ante los horrores cometidos.

Cualquier parecido con nuestra realidad no es pura coincidencia: la guerra “esa”... la que duró 52 años... la que acaba de terminar... la que libraron en las montañas, las selvas y los ríos los soldados, los guerrilleros y los paras... con los campesinos, los negros y los indígenas —los más pobres— como carne de cañón y en medio de las confrontaciones, para muchos en las ciudades fue una ficción: un relato lejano, incómodo, desagradable. Anécdota sangrienta de noticiero sangriento. Los colombianos nos acostumbramos durante décadas a cenar al mismo tiempo —impasibles, inconmovibles— mientras veíamos los noticieros sin que se nos revolviera el estómago: la masacre del día, los goles de la jornada y el culo recién siliconado de la modelito de turno. Cuando había pocos muertos, nos lamentábamos: “... está malísimo el noticiero”: ¡aburridísimo!... A veces podíamos ver, en tiempo real, los combates, los asedios y las tomas guerrilleras. Todo esto terminó... ¡aburridísimo!... Pero bueno, nos quedan los seriados y los realities. Los canales privados lucrándose con la sed de sangre a la que ya estábamos habituados, recreando y regodeándose en la vida de personajes siniestros, sórdidos, abyectos: El patrón del mal, Sin tetas no hay..., los alacranes, etc., etc., con la justificación falaz y la doble moral de que debemos conocer nuestra historia para no repertirla: ¡pamplinas! ¡Rating, rating, rating!... basado en el morbo y la tontería de las masas alienadas. Ni siquiera recuerdo el nombre de todos los realities —foráneos y domésticos— con que nos han idiotizado cotidianamente los canales privados comerciales.

¿Queremos realities? Bueno... escuchemos y veamos por televisión, en prime time y en tiempo real, el relato de las víctimas y de los victimarios en las audiencias públicas de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación. Yo hubiera querido asistir, minuto a minuto, a la conversación que sostuvieron Iván Márquez, Pablo Catatumbo y Jesús Santrich, de las ex-Farc, con Diego Vecino, El Alemán y Báez, de las ex-Auc, auspiciada por el padre De Roux y Álvaro Leyva. Hubiera querido estar presente en las ceremonias de perdón en Bojayá, en La Chinita o El Salado. Entrar en los contenedores de la ONU donde hoy reposan las miles de armas silenciadas de la guerrilla, como quien entra en la sala de un Museo del Dolor. El país entero tiene que ver y oír esto: tenemos el deber moral de presenciar y experimentar la magnitud del horror que como país hemos vivido y que nos hemos negado a enfrentar. El llamado hoy es que los medios de comunicación, y en especial los audiovisuales: TV, radio, internet, sacrifiquen durante el tiempo que sea necesario sus rutinas de país normal y acompañen el día a día de este proceso histórico de pacificación y reconciliación que estamos viviendo: el reality de nuestro renacimiento y de la recuperación de nuestra humanidad y de nuestra dignidad como Nación.

 

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