Por: Juan Gabriel Vásquez

Los rehenes

HACE UN PAR DE SEMANAS, STEPhen Hawking era vilipendiado en varios medios por haber escrito que para explicar el universo no es necesario invocar a Dios.

Hawking no la emprendía contra la fe de nadie, ni cuestionaba ni ponía en tela de juicio la necesidad de los seres humanos de creer en un poder supremo: uno de los grandes físicos del mundo proponía una versión del universo —su origen, sus razones— que prescindía de Dios, que seguía siendo válida y eficaz sin Dios, y la exponía. Mientras esto sucedía, un pastor cristiano de Florida amenazaba con quemar el Corán, unos musulmanes de varios países amenazaban con matar cristianos (o norteamericanos) en represalia, en el Irán de Ahmadineyad seguía adelante la sentencia de matar a pedradas a una mujer acusada de adulterio, y todo esto mientras todavía se veía en los revisteros la edición del Atlantic Monthly en que se pronosticaba que Israel bombardearía Irán en cuestión de un año. Por estos días, uno no puede leer los periódicos ni ver los noticieros sin que se le pase por la cabeza el subtítulo de aquel libro de Christopher Hitchens: “Cómo la religión lo envenena todo”.

Por supuesto que no es la religión lo que lo envenena todo, sino su secuestro constante por parte de los fanáticos (y a veces las iglesias) y la incapacidad de los moderados de todo el mundo y de todas las religiones para resistirse al secuestro. Un loco resentido cuyos seguidores no suman más de cincuenta, cuyas posesiones más conocidas son sus armas de fuego, cuyas pulsiones criminales sólo son tan evidentes como su brutal ignorancia y sus pocas luces, es hoy capaz de provocar un caos tal que el hombre más poderoso del mundo tiene que llamarlo personalmente para pedirle que no haga eso, que por favor, que no sea malito. Vía internet, el mundo entero —y en este caso no es una metáfora— pasó varios días en vilo, pues estábamos todos muy conscientes de lo que podía pasar si el descerebrado aquel llegaba a quemar los libros. Cuando al final, tan frívola y caprichosamente como creó el infierno, el descerebrado se arrepintió, muchos pensamos que era demasiado tarde: los fanáticos del Islam radical no necesitan el acto en sí para reaccionar de forma temible.

Los demás, tanto los creyentes como los ateos, somos rehenes. Creo que era Locke (¿era Locke?) quien decía que sólo se debe ser intolerante con los intolerantes, y eso, me parece, es justamente lo que no está sucediendo. También me pregunto cómo: cómo podemos hacer nuestras voces más audibles cuando la historia ha probado siempre que el odio se ve más porque grita más fuerte. Vivimos un mundo envenenado, y el asunto entero del pastor cristiano comprobó un secreto a voces: en la era del efecto mariposa, no hace falta mucho más que un micrófono (sumado a la disponibilidad de tanto verdugo suelto) para llevar a una matanza.

En estos días me recordaron lo que solía decir José Saramago: que en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre habían quedado faltando dos puntos, el derecho a disentir y el derecho a la herejía. Ahora esas pretensiones me parecen irrealizables, y me contentaría con un mundo donde la religión vuelva a la esfera privada, a esa zona íntima de donde nunca debió salir, y se acabe para los rehenes este secuestro que ya va siendo demasiado largo.

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