Por: Juan David Ochoa

Los rusos

Entre sus arrebatos de ingenuidad, o de soberbia irracional, o de ignorancia redonda, Donald Trump niega reiteradamente sus vínculos con ellos; los del mundo paralelo, impredecible y vital del Kremlin, ese palacio sobreviviente de todas las historias posibles del misterio y la traición.

Son cada vez más públicas las versiones internas del mismo círculo de Trump que aceptan las estrechas relaciones desde la campaña presidencial que todos tomaban por un chiste ridículo y de pésimo gusto, excepto ellos; los rusos que esperaban al otro lado del invierno para empezar a tejer otro nivel de expansión internacional a través del más frágil y novicio de los candidatos. Según los espías de la sombra, aún sin rostro entre el capítulo de un escándalo que promete convertir su ruido en una explosión de pólvora cercana las alturas de Nixon, ya existía una estrategia entre altos funcionarios rusos y asesores del posible presidente en temporadas de campaña para ejercer una influencia sobre las decisiones que podrían tomarse desde el poder ante las conveniencias de Putin, un zorro político que desde su incursión en las altas esferas del mando, en el primer año del siglo, prometió devolverle a Rusia su vieja gloria perdida entre los brillos del mundo.

Sobre toda las sospechas y las teorías de conspiración que empiezan a surgir entre el misterio de un escándalo épico, sobresale la vieja técnica rusa usada con todas las reglas del profesionalismo diseñado entre los largos secretos del KGB y en el poder al margen que representó durante sus largos años la URSS al otro lado del oficialismo; una estrategia de poder y comunicación llamada por ellos mismos “Kompromat”; una táctica similar a la seducción, con todas las virtudes del talento para acumular toda información posible sobre un elegido, convencerlo  de una complicidad inquebrantable, y usar, después, con los lazos fraternos de la confianza y la ceguera más prístina, toda la información recaudada en contra suya.

La táctica, por supuesto, no es muy distinta a la táctica usada consecutivamente por el trono  de los Estados Unidos en sus largos años de dominio estelar por Latinoamérica, cuando tumbaban a sus viejos aliados que resultaban progresivamente un estorbo entre los supremos intereses geopolíticos. Los lanzaban al escarnio o a los dientes de la justicia usando la información clasificada de la fraternidad y de los viejos años de un negocio, sin escrúpulos, sin nervios y sin náuseas. Así que entre las múltiples teorías de conspiración rayadas en la ficción más pura, sobresale una más surreal pero lógica y comprobable: una trampa tendida al país promotor del arribismo político, con los métodos exactos de la seducción travestida de cooperativismo. La cuestión es que el método parece estar a mitad del proceso, y el estoicismo de los rusos parece tan virtuoso y pulcro, que ni las ráfagas ni los flashes de los medios alrededor del escándalo parecen perturbarlos ni hacerlos querer retroceder.  Siguen ahí, detrás del espectáculo Trump y del murmullo del mundo, midiendo de cerca los movimientos de la casa central de Occidente sobre todos los puntos de la agenda internacional, sumando las firmas del Salón Oval, y calculando los virajes de la región entre cada negociación que los afecte o los beneficie estrictamente a ellos; los herederos de un imperio perdido, dispuestos a resurgir sobre las fallas y las cenizas de la modernidad.

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