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Los Samper

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Un superintendente, de cuyo nombre no quiero acordarme, se atrevió a decir hace unas semanas que “Samper es un apellido que da vergüenza”. Vergüenza debe darle a él no saber lo que ha sido esa prestigiosa familia. Es el mismo funcionario a quien el actual Gobierno quiso postular a la Corte Penal Internacional y le dieron corte, porque el “tipo” resultó antijurídico.

De esa familia fue miembro Miguel Samper Agudelo, a quien llamaron “el gran ciudadano”, candidato presidencial cuando —ahí sí para vergüenza del país— ganó el anciano Manuel Antonio Sanclemente, a quien le dio golpe de Estado el vicepresidente Marroquín y nos hizo perder a Panamá. Fue don Miguel Samper un gran economista, puede decirse que de los primeros que tuvo el país. Ancestro espiritual de la Generación del Centenario y precursor de lo que más tarde se llamó el republicanismo.

Un hermano suyo fue José María Samper Agudelo, el primer constitucionalista del siglo pasado, constituyente del 86 y el único que se le enfrentó a Miguel Antonio Caro cuando se discutía su Constitución y la de Núñez.

Santiago Samper, hijo de don Miguel, fue quien instaló el servicio de luz eléctrica en Bogotá, al comienzo del siglo XX, y con varios de sus hermanos fue de los pioneros de la industria en Colombia, con la fábrica de Cementos Samper. Una empresa muy concreta.

Si tampoco lo sabía el burócrata de Industria y Comercio, Silvestre Samper Agudelo fue un prominente hombre de empresa, quien inició en esas actividades a Pedro A. López, hijo de un modesto sastre, que se convirtió, en su época, en el hombre más rico de Colombia y fue padre y abuelo de dos presidentes: López Pumarejo y López Michelsen.

Como gana bien, el superintendente al que me refiero no sabe lo que es el Sisbén, ni quien lo instituyó.

En fin, hay más de 8.000 razones para destacar a los Samper. En cambio, ¿Barreto será un apellido súper? No, barro, como dirían en la Costa.

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