Por: Julio César Londoño

Los sobresaltos de la fe

Carl Jung decía que para ser feliz solo eran necesarias cinco cosas.

Uno: tener amigos y buenas relaciones familiares. Dos: un trabajo agradable y bien remunerado. Tres: salud. Cuatro: sensibilidad estética para apreciar las obras de la naturaleza o de los hombres. Cinco: una filosofía, o una cosmología, para ordenar el mundo personal.

Es una buena lista, sin duda. Hay que tener amigos para divertirse en grande, y familia para sobrellevar el tiempo cuando los amigos están ocupados con sus benditas familias. El trabajo, la salud y la sensibilidad no requieren sustentación. El quinto requisito brinda el marco ético, laico o religioso, que señala los linderos morales de nuestros actos y el sentido último de la existencia.

Tiene razón Jung. Ser creyente tiene muchas ventajas. La religión es una suerte de teoterapia de probada eficacia. Como lo reconocen incluso muchos médicos ateos, la fe del paciente puede ser un aliado definitivo en el proceso de su curación.

Otra ventaja del creyente reside en la manera como vive la liturgia. Pienso ahora en los ritos católicos. Si incluso el ateo se conmueve ante ese boato lleno de arte, simbolismo y poesía, cuánto más lo disfrutará el creyente, esa criatura que siente en el templo la casi tangible presencia de la divinidad.

Otra ventaja estriba en que el creyente no tiene que pensar mucho porque ya Él lo pensó todo.

Pero las desventajas son serias. Por ejemplo aquí mismo: ¿cómo pensar en un marco dogmático? Difícil. ¿Con qué cara le sale uno a Jehová con teorías darwinistas y mapas genómicos? Qué le responde uno si Él alega que puso fósiles aquí y cromosomas allá solo para poner a prueba la fe de los hombres. ¿Se puede ser racional y creyente a la vez? Sí, pero con la condición de dejar las creencias a un lado. Ser inteligente y religioso es una contradicción en los términos. Como ser un islamista cuáquero. O masajista espiritual. O erótico en familia.

Un paréntesis. Le debemos a un inglés el mejor argumento contra la evolución. Gilbert Keith Chesterton decía que si el hombre fuera producto de la evolución de las especies, entonces veríamos en las cavernas una evolución paralela de la pintura: primero trazos torpes, sin pies ni cabeza, luego garabatos infantiles, paisajes primitivistas… pero no, de una buena vez, como inspirado por una intuición áurea o un soplo plástico, el homo sapiens se saltó la escuela, el garabato, el primitivismo y hasta el hiperrealismo, y trazó sin una sola vacilación, con líneas perfectas, los estilizados bisontes de Altamira y Lascaux.

Una ventaja del ateo es que jamás terminará enfrascado en discusiones con los Hermanos de Jehová por la interpretación de cierto versículo (seguramente apócrifo).

También tenemos garantizado el derecho a la intimidad. El creyente siempre tiene encima el ojo omnividente de la divinidad. El ateo puede pecar (si el verbo lo excita) con perfecta impunidad.

Otra ventaja suya es el humor. El ateo se ríe de todo sin temor, incluso de las cosas sagradas. El ánimo del creyente siempre está ensombrecido por el miedo de que en cualquier momento un rayo le parta en dos la carcajada.

Es por estas razones que no puedo creer. Soy ateo porque quiero pensar por mi cuenta y dudar de todo. Porque quiero leerlo sin prevenciones, incluso a Chesterton. Porque creo con devoción que el pecado es la sal de la vida y el humor su pimienta. Por estas razones no soy católico, que es la fe de mis mayores. Y porque me fue negada la gracia de la fe, esa virtud teologal que consiste en creer en lo que uno no cree. Y también porque me siento incapaz de la humildad de un Francisco de Asís, y del coraje necesario para poner la otra mejilla.

 

 

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