Por: Columnista invitado

Los tangos del Chente

Hace un par de años, el filósofo argentino Néstor Cordero removió las fibras de la comunidad tanguera mundial al sacar a bailar a uno de sus íconos. “Nadie le hizo tanto mal al tango como Julio Sosa, es el tipo que vino a tergiversarlo —declaró, inconmovible—. Porque el tango es llorón. ¡Y a éste justo se le viene a ocurrir inventar el tango macho!”.

Recordaba ese testimonio sobre El Varón del Tango justo ahora que una casa disquera lanza un producto que podríamos calificar de “mero macho”. Con el disco en mis manos, me preguntaba qué prueba de fuego podría atravesar un trabajo sonoro de tango firmado por el hiperhormonado cantante ranchero Vicente Fernández.

La relación musical entre Argentina y México en la primera mitad de siglo constituyó un tire y afloje. Antes de que el rock fuera el enemigo de todos, el tango intentaba mantener la supremacía en el gusto popular sobre otros géneros latinoamericanos. El tango Bolero (Lipesker y Yiso, 1947) habla de un pretendiente muy tanguero que huye despavorido al segundo bolero tocado al piano por su novia. Aquella contienda tuvo su mayor escenario en el cine, donde las historias de charros fueron desplazando a las de los compadritos recostados en un farol. El crítico Jorge Couselo culpa de ello a una “inorganicidad empresaria para enfrentar la competencia mexicana”.

Aun así, quiso el duende de ida y vuelta que algunos tangos, como Sombras nada más, se convirtieran en rancheras, mientras que contadísimas rancheras, como Pa’ que sientas lo que siento, de Marcelo Salazar, y Arráncame la vida, de Agustín Lara, pasaron a formar parte del repertorio tanguero.
Tratándose de uno de los artistas más vendedores de su sello, uno hubiera esperado que el repertorio de Mano a mano. Tangos a la manera de Vicente Fernández se hubiera decantado en exclusiva por los grandes clásicos gardelianos. Que los tiene, sí, pero en dosis equilibradas con perlas no tan recurridas como Tarde, Cristal y En esta tarde gris. Algunos otros, como Cantando, deben entenderse como homenaje a la gran embajadora del tango en México, doña Libertad Lamarque.

El ejercicio realmente no dista mucho de otras producciones de Fernández, ni siquiera en las fotos. Y, de hecho, la incorporación de bandoneón sobre el fondo sonoro de un mariachi tradicional es lo único que suena diferente en la propuesta. Pero llega la reciedumbre vocal del cantante, y ahí es cuando uno se doblega aunque no quiera. Nada hace diferente, pero conmueve, acaso porque uno se llega a imaginar al otrora altivo charro que hoy anda solo por el mundo y sin amor, o que tiene el corazón hecho pedazos, o que masculla bajito el rencor, su viejo rencor. Todo tan diferente del macho exacerbado de la ranchera.
Asúmase como un trabajo de música argentina o mexicana, el presente es un trabajo sorprendente e ineludible. 

 

Jaime Andrés Monsalve. 

 

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