Por: Juan David Ochoa

Los terceros

El lobby del fiscal general y de sus áulicos ha surtido efecto en el último punto neurálgico del proceso jurídico del fin del conflicto: los terceros, ese eufemismo con el que se intenta definir a los financiadores y facilitadores de los bloques paramilitares que masacraron a discreción  todas las regiones estigmatizadas, han sido excluidos de su obligación de comparecer ante la JEP. La gracia de llamarlos terceros, en ese tecnicismo nebuloso y retórico, no es más que un sinónimo poético de la complicidad.  La presión del grueso del sector empresarial y ganadero, amaestrada en la negociación entre los clubes tradicionales donde se perpetraron todos los rumbos desde siempre, pudo influir en la decisión más alta usando el recurso hipotético de una caza de brujas general, alarmando sobre posibles compra de testigos falsos contra los nombres conocidos del empresariado, y ampliando el terrorismo mediático hacia todos los sectores alternos. Pero el recurso, persuasorio y convincente entre el río revuelto de la podredumbre institucional, no es más que la estrategia perfecta para eludir la responsabilidad política y directa de los grandes poderes anónimos tras el desastre histórico.

Fueron justamente ellos, los poéticos terceros, quienes estigmatizaron los sectores intelectuales del país especulando  los nombres sospechosos tras la insurgencia y entregaron la lista aleatoria al clan Castaño, la formaron con ejércitos irregulares que pudieran estar a la altura de la sevicia de las pipetas de gas, y fortalecieron con el contrato transnacional del mercenario israelí Yair Klein para profesionalizar los métodos de asalto. Bajo ellos cayeron todos: un partido político entero, profesores universitarios, periodistas, investigadores, sindicalistas, líderes sociales, sectores que olieran a defensa de causas arcaicas ante la usura y los monopolios.

Pero la historia fue más larga y más cruenta, y desde las vísperas mismas del estallido nacional con la muerte de Gaitán, también orquestada tras las bambalinas del poder, las compañías ilustres  tuvieron el protagonismo flagrante tras las grandes masacres que hicieron visibilizar al caudillo como el defensor de los acribillados. La United Fruit Company empezó el baile con la masacre de las bananeras en alianza con el ejército nacional, que sirvió de pelotón de fusilamiento por orden de un país externo.  Y cuando el río de sangre ya estaba desbordado por toda la selva y los departamentos, hicieron lo mismo usando el mismo argumento persuasorio  de la defensa: Chiquita Brands tomó el relevo de las finanzas, décadas después, y engrosó los pelotones de la muerte tras el disfraz de una extorsión  para acabar a quien tuviera que acabarse y salvar los fondos y sus regiones de extracto.  Eberth Veloza García, alias “HH”, comandante confeso de 3.000 crímenes durante la campaña de exterminio, confesó la alianza con las demás compañías bananeras y expuso los métodos de pacto (tres centavos de dólar por caja exportada de banano). También estaban allí las petroleras, las carboneras, los fondos ganaderos, las agropecuarias, las palmicultoras. Y todas, tras la pomposidad abstracta de una compañía que aparenta tener cuerpo propio y voluntad autónoma, podrán alegar toda la serie de recursos de autodefensa en contextos especiales de guerra, pero lo hicieron, y fueron la continuidad del mismo estallido que incendió la historia acribillando huelgas y obreros disidentes, construyendo monstruos y azuzando venganzas. Lo hicieron, y tras ellas están los nombres que no aparecen aún y no aparecerán por el fallo de la Corte y el lobby de los partidos que representan los mismos bloques económicos de la tradición, los mismos que han decidido las rutas del tiempo, los modelos políticos del establecimiento, los vivos y los muertos y las leyes.  En esa concesión de silencio y anonimato seguirán allí tras la sombra, con la gracia y el amparo que les da la institucionalidad para seguir dirigiendo el tiempo desde el trono de la impunidad. 

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