Por: Hugo Sabogal

Los tesoros de Chadwick

Vinos chilenos que se codearon con las más prestigiosas marcas y salieron victoriosos.

Conocí a Eduardo Chadwick Claro hace siete años, en Chile, cuando apenas le picaba la obsesión por demostrar que los vinos de su país podían codearse con algunas de las más prestigiosas etiquetas del mundo. En ese momento, me entregó una caja de madera en la que reposaban tres legendarias añadas, correspondientes a tres de sus principales marcas: un Seña 1999, un Viñedo Chadwick 1999 y un Don Maximiano Founder’s Reserve 1999. Me dijo, con un guiño en el ojo, que cada una de ellas escondía un tesoro, capaz de mejorar con el tiempo e, inevitablemente, de dejar huella.

En estos días de recogimiento, bajo cielos plomizos y lluvias copiosas, decidí correr el velo del misterio y comencé a abrir esas botellas.

El Seña 1999 estaba glorioso. Fue un vino armado con una mezcla de Cabernet Sauvignon, Merlot y Carménère, con uvas procedentes del Valle de Aconcagua, donde se asentó Viña Errázuriz, la empresa familiar de Chadwick, hace 139 años. Este vino todavía guardaba aromas y sabores densos e intensos, con notas a frutas negras maduras y una sugerencia a maní tostado. Pero lo que más me sorprendió fue su elegancia y equilibrio, dos clásicos sellos de distinción de dicha marca. Este ejemplar, en particular, se produjo conjuntamente con la bodega californiana de Robert Mondavi, en desarrollo de una alianza estratégica que arrojó, durante su vigencia (de 1995 a 2003) importantes victorias en degustaciones a ciegas en el Viejo Continente.

Luego probé el Viñedo Chadwick 1999. Tras dos lustros en su urna de vidrio, el vino mantenía vivas sus fragancias a grosella negra, con toques achocolatados y ahumados. Lo sentí suave, pero de gran cuerpo y talante. Aquí la composición estaba conformada por Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Carménère.

Y para cerrar el ciclo abrí la botella de Don Maximiano Founder’s Reserve 1999, integrada por una mezcla de Cabernet Sauvignon y Merlot. Eran evidentes sus perfumes a compotas de mora y cereza, con un marcado toque licoroso, y algo de café tostado y vanilla. En boca, este vino se negaba a partir.

Para comprobar que el guiño de Chadwick no era en vano, cabe recordar que estas mismas muestras —y las de cosechas posteriores— se pusieron a prueba frente  a críticos internacionales, al lado de grandes vinos franceses e italianos. En una cata a ciegas, celebrada en Munich, en 2003, el Seña 1999 y el Don Maximiano Founder’s Reserve 2000 ocuparon el tercer lugar, después de un Château Margaux 1999 y un Château Latour 1999.

Sin embargo, al año siguiente (2004), Eduardo Chadwick alcanzó un triunfo mayor en Berlín, cuando 40 degustadores profesionales europeos probaron las mismas tres marcas.  En esa ocasión, el Viñedo Chadwick 2000 y el Seña 2001 ocuparon los dos primeros lugares.

 Ahora que terminé con el contenido de mi caja, recuerdo el rostro confiado de Chadwick hace siete años cuando me la entregó. Porque nunca dejará de ser cierto que el tiempo pasa y el buen vino queda.

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