Por: Esteban Carlos Mejía

¿Los tipos duros no bailan?

Entre los pabellones de expoartesanos, en Plaza Mayor en Medellín, ayer viernes 11 de julio, mi amiga Isabel Barragán se veía resplandeciente: bellísima, comprensiva, sensual.

 Las vacaciones de mitad de año le sentaron a la perfección. Con su marido, ganadero de nueva generación, vagabundeó por el este de Estados Unidos: Baltimore, Washington, Filadelfia, Boston. “¡Feliz cumpleaños!”, le digo antes de que se pase la ocasión. Se alboroza y me da un par de picos. “Tan querido tú”, dice, con simplicidad, y se pone a hablarme no del viaje a gringolandia, sino de una novela policíaca, Los hombres duros no bailan, de Norman Mailer.

“Yo quería ir a Provincetown, en Cape Cod, Cabo Bacalao, pero a Nano le dio pereza”, dice, con un mohín (casi) pedante. Nano —Laureano entre sus colegas— es el esposito. “Esa es la Ciudad del Infierno, según la tradición”, añade. “Quería comprobar en carne propia si es o sigue siendo como la narró Mailer”. “Las cosas deben haber cambiado desde 1984”, digo, no sin cautela, a lo bien. “Por fuera, tal vez. No creo que el alma de la gente cambie tan pronto. La naturaleza humana es un fósil”. Abro los ojos como si me fueran a echar gotas. Isabel no me hace caso. “Es una novela sobre la codicia”. “¿El afán por las riquezas?”. “Codicia sexual, codicia del ego, codicia del mal”. Y entonces me relata los crímenes del libro: seis asesinatos, brutales e inexplicables, como todo asesinato. “Me acuerdo que a dos mujeres les cortan la cabeza”, digo, estremecido. “Sí, pero después de muertas”, comenta Isabel con frialdad. Sermonea otro rato sobre la ruindad y la lujuria. También habla de la extrañísima configuración de Provincetown —santuario de los Padres Peregrinos del Mayflower— con sus matorrales, sus interminables dunas, sus otoños tenebrosos y sus voces de ultratumba. “Esa novela también es de misterio: los espíritus de los muertos te rodean en las noches de huracanes y te atormentan con recelos y caprichos”.

De cumpleaños, yo quería regalarle una artesanía, una tortuga de Higuerón, en San Onofre, o una mochila wayúu. “No”, me ataja, “tú dame libros. Nano se encarga de lo otro”, dice sin marrulla. Y sigue, impávida: “Mailer era un maestro para construir personajes. En La canción del verdugo, novela de no ficción, estilo A sangre fría, de Truman Capote, o en Los desnudos y los muertos, ese man se faja unas criaturas sólidas, verosímiles, arrolladoras. Como Timothy Madden, Tim, el narrador de Los hombres duros no bailan: casi ninfómano, borracho, escritor en el purgatorio, enamoradizo, honesto a la final. Y Regency, el agente de la DEA, perverso, infatuado, venenoso. Y Patty Lareine, arpía de arpías. Ah, me gustan tanto los fulanos de Mailer que por eso quería ir a Cape Cod, imagínate, en pleno verano, a ver si por casualidad me topaba con alguno”. Me escandalizo: “¿Tu marido y yo no te damos abasto o qué?”. Me calla la boca con unas achiras del Huila, en gustos no hay disgustos. “Fresco, Mejía, los tipos duros no bailan ni a palo”.

Rabito de paja: “No se justificaría que tuviéramos un Ejército sin utilidad social en la paz”: Alfonso López Pumarejo, 1935.

Rabillo: Que mañana gane el mejor. O sea, ¡Alemania!

 

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