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Los tiranos

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Llenos de cuernos y crestas, unos con alas, otros con sólidos andamios de huesos largos, ellos desaparecieron.

Su nombre viene del griego: Deinos significa terrible, y sauros, lagarto.

“Lagartos terribles”, aun cuando cualquier aprendiz de biólogo dirá que los dinosaurios no son lagartos. No importa. El miedo no sabe zoología.

Nunca había sido tan aleccionador entender su historia. Y no me refiero sólo a la extinción física, sino a “ellos” como identidad. A ellos, como criaturas enormes, sin asomo de conciencia, dueños de una aplastante capacidad de infundir pavor a los más pequeños. Tan grandes y solitarios, tan escasa su capacidad constructiva, y tan plásticos, siglos después, en las repisas donde los niños que pueden tener infancia, dejan sus juguetes.

Los reptiles inmensos se fueron acabando, y todo sugiere que no los acabó una legión de bacterias toreadas ni una guerra pre-nuclear: No supieron leer el mundo, y el futuro de entonces, los devoró.

Toda esta locura que en pocos meses nos ha cambiado la forma de vivir, sobrevivir y morir, ha puesto encima de la mesa las cartas que teníamos ocultas; furtivas hasta para nosotros mismos, porque nosotros, tan buenos, tan lúcidos y avanzados, llevamos no sé cuántas generaciones haciéndonos trampa. Le jugamos sucio al planeta, a los marginados, a los pactos por un mundo mejor, y a ese supuesto “hechos a imagen y semejanza de Dios” que nunca he podido entender.

Y hoy, de cara a esta nueva situación (por no llamarla tragedia y darle chance a la derrota), tendremos que hacer lo que no hicieron los tiranosaurios: Cambiar.

Los tiranos del siglo XX hasta hoy, los que incendian bosques, y secan ríos y acuerdos; los que amasan balas porque prefieren alimentar a la guerra que a la gente; los que no saben qué hacer con la P de paz, de pueblo y pobreza, y perforan la tierra como desangrando a un viejo; esos, y los que no hemos hecho lo suficiente para impedirlo, estamos comprendiendo a los totazos, que nos convertimos en nuestras propias sombras… ¿Cómo no vimos que cada paso que creíamos dar hacia adelante no era evolución, sino el reverso del hemisferio humano de la humanidad?

Y esa nueva tiranía, la moderna -más perversa que la prehistórica porque la de ahora es una decisión- se fue rodeando de áulicos y de pasión por la usura; de lingotes de poder, repulsivos dictadores y espejos expertos en rendir pleitesía. Y mientras tanto -como entonces- los más vulnerables siguen muriendo, entre otras cosas, de miedo. Y nos miran a los ojos, todos los días, detrás de sus trapos rojos, de las alcantarillas del peor confinamiento; o con los pies agotados de caminar entre el dolor y la xenofobia, en busca de un paraíso que sigue perdido.

Y nos preguntan qué más falta para que nos demos cuenta de la estupidez que estamos cometiendo. Y la pregunta se queda en el aire, y cuando alguien quiere agarrarla y gritar que el tiempo de actuar fue hace años y es ahora, lo desaparecen, o le dibujan un tiro al blanco en la espalda, porque en Colombia la muerte cambia de manos y de intentos de perdón, pero no da tregua.

“Lagartos terribles”. De la era mesozoica al pantanoso terreno de la posverdad; de los helechos gigantes a las pandemias y la discriminación. Algo, finalmente, nos hará cambiar; o seremos la oscura inspiración del Spielberg que nazca en alguna galaxia, cuando hayan pasado otros 200 millones de años.

ariasgloria@hotmail.com

 

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