Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Los trampantojos del Hotel París

El Hotel París no tiene cinco estrellas. Ni room service. Tampoco es un hostal de bed and breakfast. Es una clínica de reposo en las afueras de Medellín, por la carretera al suroeste, con un régimen disciplinario más bien laxo, que admite y hasta promueve las charlas entre pacientes. Allí y en sus alrededores transcurre la primera y refinada novela de María Isabel Abad, Hotel París, Literatura Random House, octubre de 2017.

La narración corre a cargo de Raquel, una coja de 26 ó 27 años, recluida en el sanatorio por imprecisas dolencias: alucinar, escuchar el canto de chicharras que los demás ni oyen, fantasear en demasía, preguntar y preguntar y preguntar. Junto a ella, en un rompecabezas de rugidos y palabras, conviven cuatro personajes: Alicia, exmadre de familia en busca de sí misma, Jhon (sic) Jairo, pelado del barrio El Corazón, traspasado en cuerpo y alma por la violencia sicaria. Milagros, mujercita de 1,45 de estatura, aindiada, gelatinosa. Joaquín, amante ocasional de Raquel, su polo a tierra.

Los relatos de este quinteto se entrelazan en dos épocas, 1985 y 2001, y sobre un eje común: la vida de los Posada Jiménez, siete hijos en una familia pudiente, “de modo”, como dicen los antiguos en Medellín. Una fauna, con perdón del reino animal, muy antioqueña y por tanto —si acaso me hago entender— muy universal. Amores y rencores entre hermanos, envidias y celos entre cuñadas. Del abuelo ganadero a la hija desaparecida pasando por la abuela desmemoriada. Del político arribista (¡alcalde, gobernador, presidente, senador!) al escritor seudofamoso por sus moralinas intestinales sobre los dioses en la patria. Al final, todo se conjuga en una sola fábula, la de la mujer loba, benigna metástasis creativa que atrapa y fascina. Hotel París es una fluida colección de trompe-l'œil o trampantojos, esas trampas o ilusiones “con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es”.

En determinados momentos y aspectos, Hotel París me recordó a Reptil en el tiempo, de María Helena Uribe de Estrada, esa insólita novela que la escritora medellinense concluyera en 1986, tras dos décadas de escritura y reescritura. Como si fueran tía y sobrina putativas, María Helena y María Isabel hurgan sin mucha compasión en la condición humana, acatando de paso el consejo atribuido a Tolstoi: “Si quieres ser universal empieza por pintar tu aldea”. ¡Bravo!

Rabito: “Oí la primera campanada para ir a la consulta donde el doctor Suárez. No la atendí. Oí la segunda. Tampoco. A la tercera ya iba lejos montada en una moto abrazándome con fuerza a Joaquín. Y entonces abrí la boca para que me entraran las gotas de la lluvia de la tarde y para que el viento en contra me inflara los cachetes como a los niños. Y pensé en las tantas páginas escritas y reescritas, y recordé esa historia que me precedía; por más extraña que fuera, sobre ella podía pararme erguida, y sentí el calor de Joaquín sobre mi cuerpo, y entonces concluí: “Los humanos enfermamos como animales y sanamos como dioses: con la palabra, la belleza y el amor”. Hotel París. María Isabel Abad, 2017. Literatura Random House, octubre de 2017.

Rabillo: Estamos en la olla. ¿Y vamos pa’ la inmunda? Fajardo: “No soy uribista ni antiuribista”. Robledo: “A mí Uribe no me da calor ni frío”. Vargas Lleras: “Yo de Uribe no tengo sino buenos recuerdos”. Iván Duque: “Dulce Uribe mío, mi niño adorado / ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!”.

@EstebanCarlosM

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía