Por: Lorenzo Madrigal

A los treinta días

NO ES HORA DE BALANCES Y MENOS de una obra de gobierno que apenas comienza, aparte de que se trataría de asuntos de Estado, que no siempre incumben a esta columna ligera.

Treinta días han pasado sin él. “Se fue, se fue… y yo no sé en dónde está, tal vez allá, tal vez en mí”, clamaba en un contexto amoroso el olvidado poeta greiffiano Gil Sánchez. Extrañarán no pocos los sábados comunales, la palmeta golpeando a los asesores: “Usted, ministro, que maneja el tema, explíquele a la señora”. Y el infatigable presidente ajustándose los pantalones desde la pretina. Estamos acostumbrándonos a vivir sin él.

Ya no va más el mandatario que “abrió sus alas y cubrió a sus hijos”, ante el supuesto peligro que para ellos representaban unos jueces que él mismo convirtió en enemigos. No más el secretario de prensa leyendo comunicados en la escalera de la Casa de Nariño en tono recto, ensayándose para las salmodias vaticanas.

Ya no más las Cortes asediadas. El magistrado Arrubla Paucar, repuesto de sus males, difícilmente disimula una alegría interna que lo hace locuaz al exterior. El magistrado Mauricio González, con rostro impasible, ha manejado su compromiso de antiguo asesor del régimen y lo ha hecho con discreción.

Chávez, tras de insultarlo, volvió a Colombia tan pronto él se fue y con Juan Manuel Santos hizo paces formales en San Pedro Alejandrino. Las manos tendidas, la chaqueta tricolor, un cuadro en el salón Grau, en reminiscencia del Libertador, que hubiera, ése sí, asesinado a Bolívar. Y con Ecuador todo bien, todo bien, revocada la inocentona orden de captura contra el presidente Santos, dada su condición de jefe de Estado.

La elegancia tornó al Palacio. No hay que negarle a él que luciera siempre pulcro y que sus últimos trajes grises hubieran hecho un buen juego con el cabello que se le volvió plateado y con su rostro, que adelgazó ascéticamente. Pero Santos, de punta en blanco, y Tutina, su esposa y primera dama, en original tono violeta, renuevan el toque solemne de la sede presidencial.

Nadie entiende por qué, si tanto se le quería, ahora cuando nos falta él, se respira alivio. Santos sonríe casi siempre, ha dejado la adustez de su faz de ministro de Defensa. Ahora es el diplomático tragaleguas, mucho menos local y más internacional.

Los críticos habituales y los caricaturistas de prensa tienen, quizá, menos temas. Pero la vida no se acaba ni todo va a estar de plácemes en el gobierno de la Unidad Nacional, a la cual sería conveniente invitarlo también a él, antes de que se convierta en el más acre enemigo del nuevo régimen. Este comentario, discúlpenme, no podía ser sino light, porque definitivamente nos hace falta él.

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