Los tres meses que faltan

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Es una lástima que Alexandria Ocasio-Cortez, por ser menor de 35 años, no pueda ser candidata a la vicepresidencia, porque ese anuncio esta semana habría significado un cambio de rumbo para los Estados Unidos.

Claro que Joe Biden puede ganar, pero Ocasio-Cortez le podría dar a su campaña ese perfil de juventud que le falta, entusiasmando a dos grandes grupos de indecisos, los jóvenes y los inmigrantes, afirmando el protagonismo de las mujeres y trayendo luz nueva a una campaña crispada y sombría, en el momento más crispado y más sombrío de la historia reciente de los Estados Unidos.

A quien elijan ellos como presidente no debería preocuparnos demasiado a los latinoamericanos, pero nos preocupa. Porque el papel de esa nación en el mundo contemporáneo es decisivo; en gran medida de su estabilidad depende la estabilidad del planeta; de su equilibrio, el equilibrio del hemisferio; de su responsabilidad, la paz y la supervivencia de millones de personas.

Muchos saludaron hace cuatro años a Trump como un disidente, cuya agenda no era la de las multinacionales que tienen al mundo como está. Pero tener divergencias no garantizaba que Trump fuera mejor: desde el comienzo se mostró insensible frente a los grandes anhelos del mundo contemporáneo, y en muchas cosas resultó peor que los gobernantes anteriores.

Aunque hay que admitir que el calentamiento global que Trump niega no fue provocado por él, y que las anteriores administraciones son responsables por no haber actuado a tiempo para frenar las emisiones de CO2 y emprender el cambio urgente de matriz energética, negar el cambio climático y apartarse de los compromisos del Acuerdo de París es una locura. Y son los gobernantes anteriores los que permitieron con su negligencia que en el momento más crítico pudiera llegar un aparecido arbitrario a agravar de este modo la crisis.

Montado sobre la estabilidad que le dejaron, Trump impulsó la economía hacia el pleno empleo, pero lo hizo violentando valores que eran casi sagrados: el respeto por los inmigrantes, que son los que construyeron el país, un equilibrio mínimo de las relaciones internacionales y el esfuerzo por integrar a la sociedad. El éxito económico permitió que pasaran a segundo plano las tensiones fronterizas, las fracturas internas, la pérdida de rumbo en los asuntos internacionales, los desencuentros con los aliados y las crecientes tensiones mundiales del comercio y la política.

En su coctel de lo frívolo con lo irresponsable, Trump ha mantenido al mundo de crispación en crispación durante cuatro años. Encendía y apagaba alarmas: con Corea del Norte, con Irán, con China, con la propia Europa, a un ritmo inquietante, porque su principal desvelo, fiel a las deplorables tendencias de la época, es no desaparecer ni un instante de la pantalla. Lo impactante ha sustituido a lo conveniente, ser viral es más provechoso que ser justo, y la política ya también se ha vuelto cuestión de audiencia. Pero para que esas conductas no hundan a los países se requiere una básica estabilidad, y basta una crisis, un desafío, para que todo salte por los aires como una carga mal asegurada.

El desafío llegó, y en los seis meses que llevamos de esta pandemia hemos visto crecer la tormenta. Claro que un hombre como Trump no podía manejar con ecuanimidad una crisis como esta: frenar la economía por unos meses le pareció una locura; tal vez creyó que los muertos serían 20.000 y ahora no sabe qué hacer con los 150.000 que pesan ya sobre sus hombros. El tema de las mascarillas, que para millones de personas era un asunto de vida o muerte, para él fue solo un problema de imagen.

Un hombre así daría lástima si la vida de tanta gente no dependiera de él. Atendiendo a su estado de ánimo hay temas de los que sus asesores no se atreven a hablarle. Y de semejante psicología de heredero caprichoso e inestable podría depender la paz del mundo. Todos deberíamos estar leyendo la historia de Nerón y de Claudio: qué estragos puede causar en el ápice de los imperios la histeria narcisista sumada a la inseguridad. Trump nunca aceptó que la pandemia fuera un riesgo, por la increíble razón de que un riesgo no le convenía.

No podemos afirmar que la mortandad sea por completo responsabilidad suya, pero el mundo sabe que los gobiernos con su imprudencia pueden agravar las cosas. Alguien que era capaz de negar el cambio climático cómo no iba a ser capaz de negar la pandemia. Hasta ahora ha tratado de soslayar la evidencia de los muertos, pero ya se está preparando para descargar en otros la culpa, y en los tres meses que faltan veremos a Donald Trump atribuyendo a China la responsabilidad de los miles y miles de muertos de su país, y alentando todas las versiones que muestren la debacle económica como el fruto de una conspiración despiadada. Pero ya los chinos le han dicho que nadie denunció a nadie por la aparición y la difusión del VIH en el mundo, y la historia es tan irónica que ahora los huracanes del cambio climático amenazan con derribarle el muro que construye en la frontera.

Resulta asombroso ver a Trump mostrando la indignación y el descontento, todo lo que está ocurriendo bajo su mandato, como lo que podría ocurrir si gana el otro. Solo faltan tres meses para las elecciones, la pandemia no parece que vaya a desaparecer en este período, y no resulta raro que Donald Trump, que ha sido incapaz de dar la cara a la mayor crisis de su tiempo y de derrotar a un enemigo real, se invente un enemigo ilusorio, la izquierda vandálica, una diabólica conspiración del sistema o la malvada China, y quiera hacer creer que a ese enemigo sí será capaz de derrotarlo.

Qué problema tener solo tres meses y querer enfrentarse a la China, que es la paciencia misma. Pero para no tener que ver lo que hace perdiendo alguien que ha sido tan mal ganador, Joe Biden tendría que derrotar a Trump de un modo contundente, y para eso necesita a Alexandria Ocasio-Cortez, si no como vicepresidenta, sí como un gran símbolo de su campaña. No solo por su juventud, su altivez y dignidad de mujer, su origen humilde y su apuesta por la agenda verde como única puerta al futuro, sino por algo de lo que carecen las fuerzas alternativas allá y aquí: por su alegría.

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