Por: William Ospina

Los vientos del norte

ES IMPORTANTE QUE UN ESTADO LUche contra el delito, pero es más importante que encuentre maneras de prevenir el delito. Es importante que una sociedad combata el terror, pero es más importante que encuentre maneras de desalentar la tentación del terror.

Estados Unidos ha vivido en esta década una ceguera del terror contra el terror que llevó a su gobierno a la mayor impopularidad y al país a un nivel de desprestigio sin precedentes. Ahora, como expiación de esos desórdenes, no busca simplemente oponer al candidato republicano un candidato demócrata, sino que parece necesitar que se manifiesten zonas de su ser tradicionalmente invisibles: sólo eso explica que en un momento tan crucial se hayan disputado por primera vez la candidatura presidencial una mujer y un descendiente de esclavos. El país que fundó la democracia en Occidente parece echar mano de sus reservas más profundas.

Ahora bien, el informe reciente que declara que Colombia sigue siendo el país más violento del mundo, debería servir para recordarnos que la violencia colombiana no se limita a las acciones de la guerrilla ni de los paramilitares, sino que atraviesa todo el cuerpo de la sociedad, en forma de delincuencia, de resentimiento, de ignorancia, de violencia intrafamiliar, de impunidad, de miseria y de corrupción.

 La lucha contra los violentos no es un hecho reciente en nuestra sociedad. Ya en los años cincuenta la prioridad del Estado era la pacificación del país; en los sesenta se libraba una guerra intensa contra las guerrillas, cuando apenas nacía el secuestro; en los setenta empezó el auge de las mafias; en los ochenta las mafias le declararon su guerra de terror al Estado; a finales de esa década todos los males de Colombia se atribuían a Pablo Escobar y a Gonzalo Rodríguez Gacha, y de su muerte dependía la felicidad de todos. Pero una vez muertos hubo que cambiar de objetivo, porque las violencias seguían multiplicándose.

Es forzoso pensar que el análisis de nuestros males es incompleto, porque no se trata tanto de aniquilar a los criminales cuanto de impedir que Colombia siga siendo una cantera del crimen, un surtidor de delitos. De los delitos de esos “rebeldes primitivos” de los que hablaba el historiador Eric Hobsbawm, de los crímenes atroces de los bandoleros de mitad de siglo, de los infames secuestros y asaltos a pueblos que multiplicó la guerrilla y de los crímenes espeluznantes de los paramilitares, pero también de los todavía más alarmantes delitos de complicidad con el horror en que incurrieron muchos ciudadanos por encima de toda sospecha.

El error de los gobiernos no está en combatir el delito, lo que es sin duda su deber, sino en no esforzarse por construir al mismo tiempo un orden distinto. Son ya demasiadas décadas persiguiendo monstruos, ¿quién nos revelará entre tanto cómo construir un país que no sea una fábrica de monstruos? El tema es el predominio de la justicia que castiga sobre la justicia que previene. Si algo necesita Colombia, y hace mucho, es un proyecto de país pacífico, justo, laborioso, que brinde alimentación, salud y educación, pero sobre todo dignidad a millones de personas que viven no sólo en la marginalidad y en la indigencia, sino despojadas de la conciencia de pertenecer a un orden social, de estar integradas a una propuesta histórica.

Pienso en ese diez por ciento de la población colombiana que vive hoy el incierto privilegio de haber salido del país, y que no sólo está percibiendo una remuneración más justa por su trabajo, sino gozando de las ventajas de la democracia, de la tolerancia y de la convivencia, en los escenarios de la modernidad, y me digo que nadie como ellos podría ayudarnos a pensar cómo se construye una sociedad próspera y solidaria.

¿Qué modernidad es la nuestra sin vías, con la tierra productiva arrebatada por la violencia, con altas tasas de desempleo y de empleo aparente, sin un verdadero sentido de comunidad y con altos índices de intolerancia que se perciben a veces hasta en los comentarios a las noticias y las columnas de opinión?

En un país con tan pocos estímulos y tantos obstáculos, donde mucha gente crece en el individualismo, en la rivalidad y en la lucha contra la adversidad, no es la mejor siembra insistir ante todo en la prioridad del exterminio y de las soluciones inhumanas.

Antes que debatir sobre la sed de poder, es urgente debatir sobre el proyecto de país que necesitamos, y sobre el tipo de ciudadanía que podría hacerlo posible. No servirá de nada que algún partido o movimiento se encuentre por azar con el poder, pues la única clave para utilizarlo, y para conservarlo, es el favor activo de unas mayorías comprometidas a fondo con un proyecto social. El problema, más que de gobierno, es un problema de comunidad.

Lo malo no es que un país tenga guerrilleros o paramilitares, mafias o políticos corruptos, violencia intrafamiliar, desempleo o deterioro ambiental, lo malo es que no tenga una ciudadanía capaz de ponerle freno a todo eso. Es frecuente ver que tanto en los partidos de gobierno como en los partidos de oposición surgen conflictos y contradicciones que a veces parecen definitivos.

Esos enfrentamientos suelen ser evidencia de que están pesando más los egoísmos personales que la lucha por unos ideales. Colombia necesita con urgencia un proyecto de país generoso, humano, productivo, respetuoso de la ley, opuesto decididamente a todas las violencias, que rechace con vigor toda exclusión, que se sujete a un alto sistema de valores, y que contagie entusiasmo y esperanza.

 Llama la atención ver que en el esfuerzo por superar el abismo de iniquidad al que los ha llevado el gobierno de George Bush, los Estados Unidos están buscando el camino de una renovación radical. Bien podríamos estar a las puertas de un hecho histórico de grandes dimensiones.

 

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