Por: Hugo Sabogal

Los vinos bandera

La búsqueda de marcas que engloben un lugar de origen, un productor y una uva insignia sigue vigente. Con su etiqueta metalizada, que muestra una filigrana en plata, este vino se asocia con Argentina, su país de origen.

Los primeros viñateros en desarrollar un concepto de marca para el vino fueron los egipcios. Sus razones fueron muy sencillas: querían diferenciar, así, a las bebidas de mayor calidad o a las que generaran efectos agradables en el paladar. Por ello pusieron una insignia o señal para resaltar sus características. Dicha práctica la adoptaron también griegos y  romanos, y, en casi todos los casos, el común denominador era el lugar de origen.

Para los egipcios, los vinos procedentes del Valle del Nilo se llevaban las palmas. En el caso de los griegos, los vinos de Creta obtuvieron gran reconocimiento por su elegancia. Lo mismo ocurrió durante el imperio romano con los vinos de Falerno, cuyas uvas se cultivaban en las laderas del monte del mismo nombre. Un interesante giro con los vinos de Falerno, no obstante, fue la introducción de otros distintivos adicionales: los Caucino, por ejemplo, provenían de las zonas más altas del Falerno; los Faustino, elaborados por un viticultor llamado Fausto, hijo de Sila, un reconocido dictador romano, eran admirados por su complejidad, y los Falerno a secas, hechos con uvas de las zonas bajas, también tenían sus adeptos. Así, el valor de la marca comenzó a tener novedosos componentes, es decir, distritos específicos de una misma región, o las personas responsables de su elaboración.  Estos elementos siguen estando vigentes en los países europeos, que, precisamente, heredaron de Grecia y Roma la tradición vitivinícola y la cultura del vino. Hoy son famosas varias denominaciones de origen como Burdeos, Borgoña, Ródano, La Rioja, Ribera del Duero, Oporto, Piamonte, Véneto y muchas más. En el caso del Nuevo Mundo sucede igual. Ahí están Napa y Sonoma, en California; Mendoza y Salta, en Argentina; Maule y Colchagua, en Chile; Barossa y Hunter Valley, en Australia; y Marlborough, en Nueva Zelanda.

Adicionalmente, la búsqueda de marcas que engloben (en una sola botella ) un lugar de origen, un productor y una uva insignia sigue tan vigente como antes.  Sin entrar en largas discusiones sobre si estos vinos son obras de arte o simplemente persiguen comunicarle al consumidor desprevenido cuál es la esencia de un país o región, es precioso señalar que algunas propuestas contemporáneas han sido altamente exitosas, como Yellow Tail, de Australia. Quienes se encuentren ante la estantería de un supermercado nunca vacilarán al decir de dónde viene ese vino de colorida apariencia que muestra a un canguro de cola amarilla en su etiqueta. No hay duda que procede de Australia.  Para reforzar aún más el origen, Yellow Tail empezó a producir, solamente, un Shiraz y un Chardonnay, o sea, las variedades emblemáticas de ese país, tanto en tintos como en blancos.

Algo similar ha ocurrido con la marca Argento (de Argentina, obviamente), que, desde 1998, ha ido tomando posiciones en Europa hasta convertirse, en términos de volumen, en la principal marca del país suramericano en ese continente.  Durante años, Argento sólo envasó Malbec, la variedad emblemática argentina. Sus ejecutivos creen que esa consagración inicial fue determinante para ayudar a posicionar al Malbec a escala global. Argento se vende en 55 países. Con su etiqueta metalizada, que muestra una especie de filigrana en plata, Argento busca promover la asociación histórica de ese metal precioso con el nombre de Argentina. El país fue bautizado así por los conquistadores españoles, quienes, tras sus incursiones  por el Río de la Plata, se encontraban permanentemente con indígenas cargados de objetos elaborados con ese material.

En un reciente viaje a Mendoza quise entender por qué Argento estaba cosechando triunfos en los concursos internacionales, a diferencia de otros vinos bandera que, por lo general, no llaman la atención de los críticos. Me senté con Juan Pablo Lupiañez y Paula Lucero en el comedor de la tranquila y acogedora Casa Argento, en la vieja población de Chacras de Coria, donde los mendocinos construyeron sus estancias de verano.

Sin viñedos ni bodega de su propiedad, Argento es un emprendimiento entre la casa importadora inglesa Bibendum y Bodegas Esmeralda, de Catena Zapata, que proporciona la fruta y el tiempo de bodega.

La apuesta es elaborar los vinos con uvas de alta calidad, provenientes de viñedos a distintas alturas, y con perfiles de suelos y microclimas muy particulares. El objetivo, dice Lupiañez, es obtener vinos “de mayor complejidad y equilibrio”. Hoy Argento ha ampliado su rango a otras variedades, como Bonarda, con la cual viene atesorando varios reconocimientos y medallas en los principales concursos de vino en el mundo. También elabora Cabernet Sauvignon, Malbec-Tempranillo, Merlot y Syrah. En blancos ha desarrollado una línea poco común de variedades para Argentina como Viognier, Pinot Grigio y Torrontés, así como Chardonnay y Sauvignon Blanc.

Después de su éxito en Europa, Argento prepara su desembarco en Latinoamérica. Establecida ya en la mayoría de los mercados de la región, la marca lanzará una ofensiva para llevar su versión de “la argentinidad” a los consumidores de esta parte del mundo.

 

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