Por: Hugo Sabogal
Entre copas y entre mesas

Los vinos que vienen

Con el mundo del vino sucede al revés de lo que ocurre con otras experiencias de la vida, es decir, que tendemos a mirar más atrás que hacia adelante.

Esto ocurre porque no podemos anticipar nada sobre el comportamiento de la cosechas futuras.

Los efectos climáticos, por ejemplo, las pueden transformar en maravillas líquidas o en bebidas sin pena ni gloria. Por eso, la atención de inversionistas, coleccionistas y críticos se centra siempre en los resultados de años anteriores. Por ejemplo, las cosechas de 2010, 2011, 2014 y 2015 fueron extraordinarias. En esos años, la meteorología y los astros se alinearon de manera tan precisa que convirtieron a los vinos resultantes en objetos del deseo, tan escasos como costosos.

Un reciente ejercicio entre productores y comercializadores europeos y californianos arrojó interesantes resultados sobre la manera como ellos ven el futuro de la bebida, a partir de fenómenos como el cambiante gusto de los consumidores, la incidencia del calentamiento global, el fortalecimiento de la economía móvil y hasta la legalización de la marihuana.

Frente a estas circunstancias, ¿cómo luce, entonces, el futuro del vino?

Para empezar, los consumidores, en su mayoría, preferirán vinos más ligeros y frescos, o sea, tintos ligeramente más oscuros que los rosados, y blancos notoriamente más suaves y menos intensos que el Sauvignon Blanc.

Algunas variedades —conocidas y no tanto— se ajustarán de manera natural a esas nuevas preferencias.

Perderán terreno cepas tintas como Cabernet Sauvignon y ganarán terreno castas como Pinot Noir, Garnacha, Tempranillo, Gamay, Sangiovese, Cariñena, Cabernet Franc, Syrah y Barbera. Incluso, algunos preferirán cruces como Marselán, una mezcla genética de Cabernet Sauvignon y Garnacha.

En blancos, las inclinaciones apuntarán en la dirección de uvas de climas fríos, como Riesling, Pinot Blanc, Grüner Vertliner, Vermentino y Albariño, considerada, esta última, como la “Pinot Grigio del futuro”.

Como condición irrevocable, los consumidores las querrán más livianas, es decir, menos alcohólicas.

Adicionalmente, el manejo de viñedos se dejará en manos de la robótica, ante la creciente escasez de mano de obra en todos los países productores. Y para hidratar adecuadamente las plantas se introducirán nuevos equipos de irrigación. Cero desperdicio.

En lo comercial, los consumidores dependerán cada vez más del e-commerce, utilizando como herramientas computadores y teléfonos móviles.

En zonas como California, donde el cannabis recreativo gana espacio, se cambiará el aperitivo por un pitillo de marihuana, mientras que la comida naturista tenderá a mezclarse sólo con vinos ligeros.

Como fuente de consulta se reducirá la influencia de los grandes críticos, porque la gente dará prelación a las opiniones de “instagrameros”, “vlogueros” y “blogueros”, incluso si apenas son tan versados como cualquier miembro de familia.

Quedará lugar para los grandes vinos de siempre, por supuesto. Pero, como siempre, estos seguirán siendo el placer de unos pocos.

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2018-05-19T21:00:00-05:00

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