Por: Humberto de la Calle

Luces y sombras del Twitter

Amable, ignoto y escaso lector: mamado de palmadas en la jeta y derecho penal, pido licencia para huir por un rato de la agobiante realidad nacional. Volveremos pronto al estercolero.

Dice North (Dialogues): “No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas”.

En efecto, en el matiz reside la verdad. O mejor, digamos que si ella es accesible, el camino para aproximársele está amojonado de cavilaciones. Las afirmaciones rotundas sólo sirven para el teatro y la política. O sea para la política.

Los 140 caracteres tope en el Twitter sólo permiten una miniatura artística o un dislate monumental. Ambos extremos se alejan del raciocinio productivo.

Jacques Barzun decía (Del amanecer a la decadencia) que sólo Ortega había descubierto a tiempo el destino fatal del hombre actual en su Rebelión de las masas. Pero si esto ocurría a principios del siglo pasado, cuando todavía había tertulia, periódico, discusión y programa de opinión, ¿qué decir hoy cuando la reflexión ha sido borrada por la diatriba? Digo mal; hasta la diatriba ha sido derogada por el eslogan. La diatriba era todavía algo de cierta hondura.

De modo que el pensamiento social se ordena en pequeñas celdas de 140 letras. Allí tiene que caber todo, lo cual sólo permite que circulen reflejos insanos del hígado, brotes de bilis o alabanza desbordada. Simultáneamente han desaparecido los grandes bloques ideológicos. Digamos que un obrero del siglo XVIII, o un oligarca del XIX, aunque seguramente a la hora de reflexionar procedían también con fundamento en reflejos condicionados por creencias que profesaban en bloque, al menos éstos bloques estaban construidos en ferroconcreto por fuera, pero por dentro habían sido lenta y cuidadosamente formados por granos preciosos de pensamiento reflexivo. Ahora no queda ni eso. Las comunicaciones hoy recogen ya no bloques sino pequeñas colmenas que agrupan a las personas en minúsculos mensajes multifacéticos, más ansiosos e inmoderados que un buscaniguas. Son sectas infinitesimales de adoradores de cierta ginebra, prosélitos de cantantes anodinas, compradores de grandes superficies, exhibicionistas de su identidad sexual, votantes de políticos cuyas ideas son precoces eyaculaciones espasmódicas, sirvientes de taumaturgias desprolijas e insultadores profesionales, a veces a sueldo. Es el yo escurridizo, la realidad líquida. Comunidades desarticuladas. Es la masa de Ortega pero peor: disgregada, hiperactiva, febricitante e inestable como sartal de renacuajos en acuario.

Cuenta Barzun que el nombre clave de la historia es Schedel, autor que en 1493 predijo que una etapa de la historia estaba llegando a su fin. ¡Y apareció el Nuevo Mundo!

Dejemos abierta una hipótesis menos pesimista: que este pandemonio, esta Babel deshilachada pueda ser la gestación del nuevo hombre: aquel que pueda llegar a pensar por sí mismo. Aquel que logre comunicación íntima en medio de la soledad. Pensemos con ingenua esperanza que la única manera de convivir con el hombre robotizado sea esta metralla de píldoras sintácticas. De esta época se dice que es el momento del hombre perplejo e impotente ante la www. ¿Será el Twitter la necesaria rebelión y, a la vez, la única rebelión posible?

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