Por: Columnista invitado

Luchar es mejor que ganar

Uno de los poemas esenciales del griego Cavafis, Ítaca, pide a un viajero imaginario que agradezca a Ítaca el camino, y en últimas le aconseja conformarse con las leguas que ha recorrido y los caminos impenitentes que ha sobrevivido, porque Ítaca se los ha regalado.

Porque, al fin y al cabo, es más importante el camino que el destino. La sentencia original de estos versos se ajusta al aire de Dos días, una noche (Deux jours, une nuit), dirigido por Jean-Pierre y Luc Dardenne y protagonizado por Marion Cotillard, nominada este año al premio Óscar.

Sandra Bya está a punto de perder su trabajo. Su jefe ha puesto al resto de los empleados en un dilema: o les entrega un bono salarial de mil euros o ella vuelve al trabajo. Bya, entonces, tiene un fin de semana para convencer a más de la mitad del equipo de prescindir del bono y reintegrarla. Siente que mendiga; siente que no tendrá fuerza, después de una severa etapa de depresión, para decirles que necesita el dinero y que en su hogar su empleo es esencial para sostenerse.

Va casa por casa buscando a sus colegas. La reciben con indecisión, con cierto modo del temor. Cotillard, sin embargo, interpreta a una mujer que tiene, sobre todo, una alimentada dignidad. En ocasiones, su petición es motivo de conflicto; una pareja se separa luego de oírla; otro más golpea a un viejo que sí acepta rechazar el bono. Cuando Bya se presenta en las casas de sus colegas, dos fuerzas se enfrentan: la piedad y la necesidad. Por eso es un dilema: ambas opciones son válidas de una manera trágica. Hay quienes no quieren; quienes quieren, pero no pueden; quienes pueden, pero no quieren; quienes no quieren y ruegan para que el resto sí. Dos días, una noche es una muestra, en 95 minutos, de la galería variopinta de la piedad humana.

Hay escenas de belleza única, como el momento en que Bya, junto a su esposo en el auto, sonríe al escuchar cierta canción. Su esposo baja el volumen para que no estorbe su silencio, pero ella, de un envión, lo sube todo y sigue sonriendo; apenas unos minutos atrás ha recibido una negativa de uno de sus compañeros. Hay escenas, también, en que la depresión de Bya se vuelve reiterativa y por reiterativa, inútil; son estudios pausados de su personalidad que carecen del significado de escenas más dicientes. Sobre todo, son inútiles porque Bya no es una mujer que se haya dejado arrastrar por la depresión y la mala suerte. Si Bya fracasa, ¿terminará en una tumba? No: aprende que lo importante no es el destino, sino el camino. Luchar, no ganar. Un verso de Machado se le ajusta: “caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”.

 

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