Rabo de paja

Lucía Donadío

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No sé si ustedes sabían, pero en mis ratos libres escribo novelas. El resto del tiempo me la paso leyendo y releyendo. Soy lo que los activistas llaman un cucarrón, un vagabundo sin oficio, otro procrastinador de Medellín, que no se consagra a “trabajar, trabajar y trabajar”, según proclama por ahí un capataz malvado. Con la buena estrella de todo pícaro con suerte, he ido publicando mis novelas, a cuyos lectores amo tanto como a mí mismo. Otro habría sido mi destino si a mi lado no hubiera tenido a una editora como Lucía Donadío Copello.

Lucía es una mujer dulce y recia a la vez. Menudita, cortés y generosa, lee con cuidado, corrige con suavidad o discreción y publica sin ocuparse ni preocuparse de la competencia. Sabe decir no cuando le toca, sin perder ni la sonrisa ni la elegancia. Nació en Cúcuta. Se graduó de Antropología en la Universidad de los Andes en 1981. No ha hecho sino leer y escribir. Coordinó talleres literarios en la Biblioteca Pública Piloto y la Universidad EAFIT. Con el poeta Elkin Restrepo, fue codirectora de la revista Odradek, el cuento. Editora en Hombre Nuevo Editores. Poeta y narradora desde jovencita. Sol de estremadelio (2005), Los ojos que me nombran (2014), Alfabeto de infancia (2009) y Cambio de puesto (2012).

Es optimista por antonomasia. Se cansa, obvio, pero no se rinde. Camella por amor a la literatura. Respira poesía. Tramita las cosas de la vida ordinaria sin desfallecer ni arrodillarse. Junto a su socia Alejandra Toro Murillo y sus coequiperos Rubelio López y Marta María Peláez, ha levantado un santuario para la palabra escrita: Sílaba Editores, un faro en la oscuridad para escritores como yo, cusumbosolos, letraheridos, creyentes en las ilusiones perdidas de la ficción. En 11 años Sílaba ha publicado más de 190 títulos, de autores como Álvaro Cepeda Samudio, Juan José Hoyos, Juan Manuel Roca, Mario Escobar Velásquez, Pablo Montoya, Patricia Nieto, Wade Davis, Lucía Estrada, Luis Fernando Afanador y Fernando Cruz Kronfly. Poesía, novela, cuento, periodismo, ensayo, memorias, antropología.

El ego de Lucía es acomodaticio o, mejor dicho, escurridizo: le alcanza y sobra para torear los egos de tanto desvirolado, dicho con cariño y en sentido figurado. “La relación con cada escritor es diferente. Un editor tiene que ser una persona abierta a la conversación con el otro, con el autor, con los lectores. Es toda una experiencia de vida y todo un trabajo. Creo que un editor cuida un libro como si fuera un ser humano hasta que camina más o menos solo”, explicó en una entrevista con El Tiempo en agosto de 2018. Si alguien preguntara por las principales virtudes de Lucía, no vacilaría en recalcar la perseverancia, la tenacidad y la espiritualidad. ¿Su defecto? La modestia.

Ahora está pasando por la experiencia más amarga que pueda sufrir un ser humano: la muerte de un hijo. Camilo Duque Donadío murió la semana pasada en un accidente de kayak en un río al oriente de Antioquia. Conociendo su temple, sé que Lucía vencerá la desgracia, se sobrepondrá al dolor y volverá a la vida con el vigor de siempre.

Rabillo: “Su voz buscando en dos / idiomas las fronteras / de un mundo que siempre / quiso abarcar / Sus ojos embebidos en / las vetas de un madero / buscan un puerto de luz / para la incertidumbre / Sus manos ancladas / a la vida son / un surco / de sol / para / mis noches”. Lucía Donadío, 2020.

@EstebanCarlosM

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