Por: Andrés Hoyos

Lucro y castigo

Desde cuando quedó claro que el capitalismo, esa forma avanzada del mercantilismo de los fenicios y los venecianos, producía ganadores y perdedores, una idea echó raíces en algunas mentes justicieras.

Aquello no era apenas inconveniente. No, era tan malo de toda maldad y tan injusto que no bastaba con reformar tímidamente el sistema, sino que había que extirparlo de la faz de la Tierra y castigar a la clase ganadora –la burguesía– en forma ejemplar. Los burgueses, por su parte, contentos con lo ganado y atesorándolo, les dijeron a los justicieros: nada hay que discutir; en las trincheras nos vemos. La pelea estaba casada.

La idea del necesario castigo a la burguesía cayó en terreno fértil y fue creciendo y se fue sofisticando de una forma imposible resumir en una columna. Vale, eso sí, recordar la acritud de la disputa y el ardor de los contendientes, que muchas veces dedicaban la vida entera a la causa del castigo. Mencionemos a algunos protagonistas destacados del anticapitalismo: Fourier, Blanc y Saint-Simon, para no hablar de las luminarias anarquistas, Proudhon, Kropotkin y Bakunin. La cruzada culminó en un sistema de pensamiento, el marxismo, que incluía un corpus filosófico, el materialismo dialéctico, y una teoría determinista de la historia, el materialismo histórico. Para Marx lo esencial era pasar de la teoría a la práctica y, en efecto, el punto de inflexión se dio con la Revolución Bolchevique, el hecho subjetivo más importante del siglo XX, y digo subjetivo porque su consolidación no provino de ningún fatalismo económico, sino de la mente fría y privilegiada de un hombre, Lenin, quien encausó el despelote nacido de la derrota rusa en la Primera Guerra Mundial hacia un destino perdurable. Al respecto, bastará con decir que los colombianos todavía lo padecemos casi cien años después en el coletazo de nuestra sanguinaria guerrilla.

Examinar los resultados de aquella lucha a muerte, no quizá de forma desapasionada y mucho menos objetiva, pero sí informada, lo lleva a uno a la ineludible conclusión de que todas las ideologías del castigo a la burguesía fracasaron, a veces con tal estruendo que el remedio fue muchísimo peor que la enfermedad y condujo al genocidio, como sucedió bajo los regímenes de Stalin, Mao y Pol Pot; en otros casos, dígase Cuba y Corea del Norte, se dio un dramático empobrecimiento de la población. Cada uno de estos países vio suprimida la libertad de aquellos que tenían ideas heterodoxas.

Sí, todos los remedios al dilema burgués resultaron fatales, menos uno, el más pedestre: los impuestos. ¿Cómo así que el único radicalismo válido hoy es la tasa de impuestos?, me preguntarán un estudiante encapuchado de la Universidad Nacional o un fogoso legislador, y luego dirán que estoy loco y que el heroísmo, las grandes marchas, la épica resistencia vietnamita, el hombre nuevo del Che, no pueden desembocar en una pinche solución alcabalera. Tanto se predicó que era necesario denunciar, insultar, expulsar, maltratar, encarcelar y fusilar a los horrorosos burgueses, que a los intoxicados con las largas lecturas de los “clásicos” les resulta imposible aceptar que a estas alturas da igual el color del gato con tal de que cace ratones, que la violencia es contraproducente y que para convivir con la burguesía basta con fijar reglas claras y cobrar impuestos justos y progresivos.

Un viejo dilema dice que el romanticismo no permite ver la realidad.

 

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