Por: Eduardo Barajas Sandoval

Lusaka y Santo Domingo

Las relaciones entre jefes de Estado y de gobierno, en un continente tan convulsionado como el África, guardan apariencias de cordialidad y respeto dignas de imitar en otras partes.

Otra cosa, claro está, es lo que sucede en el juego de las negociaciones a cargo de las cancillerías de países que deben conciliar cuidadosamente controversias internas y delimitaciones internacionales que no corresponden al reparto natural de las comunidades étnicas. Con todo, el ejemplo africano parece superar en intensidad, y en el nivel de entendimiento, lo que se hace entre nosotros. Salvo en la capacidad de generar espectáculos.

A raíz de la inédita situación post electoral de Zimbabwe, donde el Presidente Mugabe todavía se niega a publicar los resultados de las elecciones de hace ya tres semanas, la Comunidad para el Desarrollo del Sur de Africa convocó a una reunión de jefes de estado y de gobierno, con el ánimo de buscar salidas al impasse de un país en el que los ciudadanos no han podido saber cuál fue el resultado de su expresión de voluntad política en las urnas.

No es raro que Mugabe haya decidido quedarse en casa, conforme a su costumbre de ser lo más altivo que pueda frente a lo que signifique cuestionamiento a su deshilvanado proyecto. Para qué ir a escuchar recriminaciones, consejos o incitaciones de parte de otros gobernantes. Pudo más, como suele suceder, el orgullo propio y la convicción enfermiza de ciertos líderes que creen que saben de todo y son capaces de sortear a su manera cualquier tipo de dificultades.

Lo curioso es que, en presencia de unos ministros del régimen de Harare, los congregados en Lusaka  alrededor de Levy Mwanawasa, Presidente de Zambia, llegaron a la sencilla conclusión de que en Zimbabwe no pasa nada digno de algo más que la simple observación. A lo que hay que agregar que, a la larga, no sirvió para nada la escala del prestigioso Presidente surafricano Thabo Mbeki, encargado de convidar a Mugabe a la cumbre, o al menos a obtener de parte de éste último una actitud favorable a un desenlace democrático del incidente que ha creado en abuso, de facto, de sus poderes.
 
Sin éxito en el intento de que el poder judicial ordene al menos la publicación de los resultados, y al tiempo que pide el cese de la intervención sudafricana, la oposición ha optado por retirarse de una segunda vuelta en la que no encuentra garantías ante la campaña de intimidación de la que puede ser capaz un gobierno que ha demostrado poder silenciar, sin apelación, el resultado inicial de las urnas. Con lo que infortunadamente se llegaría a la farsa de un nuevo triunfo del jefe de estado con aspiraciones vitalicias.

Los líderes africanos se reúnen con inusitada frecuencia en los diferentes círculos de organizaciones internacionales que los agrupan en uno u otro sector del continente.  Ante la angustiosa situación que en muchos casos agobia a sus propios países, y ante las dificultades que implica sobrevivir dentro de las cuadrículas de fronteras señaladas principalmente por los colonizadores europeos, mantienen una especie de estudiada prudencia que les lleva a no ofenderse. No acostumbran a hacerse reclamos, y mucho menos a insultarse en público. Juegan a estadistas y tratan de conseguir el resultado de serlo, o al menos de parecerlo. Con lo cual ponen en el ambiente un elemento de serenidad que, de no estar presente, habría producido ya innumerables guerras.

Los resultados de la reunión de Lusaka no son del todo alentadores. Eso de llegar a la conclusión de que simplemente se mantendrán a la expectativa de lo que pase en Zimbabwe, puede ser muy respetuoso de los procesos internos, pero no contribuye a solucionar un problema ostensible, y expone a los gobernantes en su conjunto, lo mismo que a sus cumbres, a volverse inocuos.

Menos alentador aún es el ejemplo de algunos jefes de estado de América Latina que, reunidos en Santo Domingo en el marco de un foro equivalente, protagonizaron un espectáculo mediático aparatoso pero vacío, en la medida que luego de los insultos terminaron dándose abrazos y palmaditas, como si estuvieran en un asado de campo, para guardar las apariencias y tapar cuanto antes las consecuencias inmediatas de sus desvaríos.

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